En la isla de Yap, perteneciente a los Estados federados de Micronesia, se da una de las mayores peculiaridades monetarias del mundo.
El origen del fenómeno se remonta a siglos atrás cuando un grupo de sus marineros alcanzaron las costas de una lejana isla y descubrieron inmensas formaciones de piedra caliza, material completamente desconocido en Yap.
Llevados por la sorpresa y atraídos por lo insólito de las rocas tallaron grandes bloques a los que dieron forma de cetáceo y los subieron a las canoas para llevarlos de vuelta consigo.
Los jefes de la tribu se mostraron extremadamente interesados por ese desconocido material y enviaron de inmediato nuevas expediciones para conseguir más.
La peligrosidad de la travesía, las grandes distancias a recorrer y la alarmante posibilidad de morir en medio de un naufragio causado por el peso de las piedras no hizo otra cosa que fomentar su valor hasta que estas acabaron sustituyendo a las conchas como moneda de cambio en las transacciones de mujeres, tierras y poder.
Los trozos de roca comenzaron a ser tallados en forma de disco, horadando su centro para facilitar el transporte debido a las enormes dimensiones y peso de muchas de las piezas, este hecho llevaba a que tras una compraventa cambiase la propiedad de la enorme moneda pero no su ubicación, que podía permanecer inalterable durante siglos, y a que el valor de cada una fuese determinado por su tamaño, historia y antigüedad
El dinero de piedra permanecía en los caminos, a las puertas de las chozas, en la playa o incluso entre los árboles, lo importante era la asunción por parte de la sociedad relacionando a cada uno de sus individuos con el número de piedras que poseía, como en la ocasión en que, tras un viaje heroico, un grupo de marineros de la misma familia, transportaron a Yap la mayor moneda de piedra conocida hasta entonces para acabar naufragando a escasos metros de la playa frente a la muchedumbre que esperaba recibirlos con enorme jolgorio.
Fue indiferente que la roca descansase en el fondo del mar, gracias a ella la familia pasó a ser considerada como la de mayor riqueza de la tribu.
"Necesito parar en un cajero automático" dijo Sergei.
"Puedes ir al que está próximo a Dressman en Laugavegur" exclamó John.
"Sí, ese está muy cerca" añadí
Caminamos hacia la calle principal de Reykjavík hasta alcanzarla, en cien metros tuvimos que detenernos tres veces para saludar a algún conocido.
Esa era la forma adecuada de medir el tamaño de Islandia.
Sergei sacó su cartera e introdujo la tarjeta en el cajero.
Mientras esperabamos John dió un salto hacia atrás, dos mendigos se habían detenido cerca de él y le habían preguntado amablemente si tenía un encendedor.
Tras negarlo el estadounidense caminó hacia mí.
"No digas nada Dashiell, he notado como me mirabas cuando he retrocedido y no pienses sobre mí "es el típico americano derechista", tú no puedes ni imaginar la cantidad de sintecho que hay en Los Angeles, y no son como los islandeses, cuando se te acercan nunca sabes si lo que pretenden es atracarte o algo peor"
Observé a Sergei recoger el dinero y volví a mirar a John.
"Estoy convencido de que los mendigos islandeses no son como los americanos" dije mientras uno de ellos introducía su visa en el cajero y seleccionaba 10.000 coronas.
La Última Tule era la Meca del dinero de plástico, el lugar donde los billetes se habían convertido en una entidad fantasmal, en una abstracción de la que se conocía su existencia pero que nadie era capaz de constatar.
John observó sorprendido la escena.
"¿Está sacando ese tipo dinero?" dijo con incredulidad.
"Diría que si" contestó Sergei "muchos de los desamparados cobran ayudas mensuales de 100 a 120 mil coronas al mes"
"Eso es casi lo mismo que gano yo sirviendo cafés"
Sergei se encogió de hombros y yo sonreí.
La diferencia entre los habitantes de Yap y la de los ciudadanos del mundo occidental no era tan pronunciada.
No al menos a la hora de catalogar la riqueza.
jueves 19 de noviembre de 2009
El dinero de piedra (La pobreza en el primer mundo parte II)
martes 17 de noviembre de 2009
La pobreza en el primer mundo
Hay una banalización generalizada de la miseria, por alguna extraña causa los medios de masas se llenan de testimonios de ciudadanos describiendo sus penurias, describiendo el dramatismo de sus existencias de funambulista sobre el alambre de los mil euros.
Me daban ganas de vomitar las entrevistas a jovenes que superando la veintena y sin asomo de sonrojo se autocalificaban como pobres por tener un salario de 900 euros, me daban ganas de vomitar sus quejas describiendo sus desventuras ante la imposibilidad de independizarse con ese nivel de ingresos.
Me daban ganas de vomitar las explicaciones de los sociólogos, esos obispos de una ciencia basada en la ficción, relacionando la precariedad con el bajo nivel de nacimientos, sobre todo cuando las familias que vivían en la verdadera miseria, esa que recorre La Barranquillas y otros centros de marginación, podrían ser capaces de repoblar un desierto.
En Islandia no existía ese culto a los últimos que algún día se convertirían en los primeros, sobre todo cuando ese día empezaba al estar muerto.
Los ciudadanos de la última Thule escondían por vergüenza sus problemas económicos, nunca se centraban en los causantes sino en las soluciones.
A pesar de ello y sin rebuscar demasiado la verdadera pobreza también podía encontrarse, también estaba allí: la del alcoholismo, la de los indigentes, la de los adictos, la de los divorciados que lo habían perdido todo, la de las maltratadas.
Todas esas causas y consecuencias frecuentemente se mezclaban con resultados desoladores.
Pude comprobarlo al acompañar a Marcus y Piotr al albergue de acogida para sintecho, la verdadera miseria genera repulsión, es desasosegante y demencial.
Facciones deformadas por el alcohol, tonos de voz que delatan problemas mentales, ropas ajadas y hediondas, cicatrices recientes producto de trifulcas de borrachera, risas enloquecidas, soledad y miedo.
Las desgracias son animales sociales y al igual que las mujeres, nunca visitan los baños de la vida solas.
Marcus se acercó a un mendigo que caminaba con dificultad para saludarle, tras unas cuantas palabras el danés dijo adiós y el cojo se puso a dormir a pierna suelta sobre un sillón.
"La mayoría de las personas que vienen aquí a pasar la noche tienen serios problemas con el alcohol o enfermedades mentales, a menudo ambas, en el fondo una es causa de la otra"
"No me gustan los borrachos" dijo Piotr interrumpiéndole.
"No digas eso. Hay que ayudarles, son gente enferma" exclamó Marcus
"Lo entiendo y me parece bien pero no les tengo ninguna simpatía, tampoco lástima, me he criado en el país con más alcohólicos del mundo y he visto de lo que un verdadero borracho es capaz, lo siento pero todas sus desgracias se las han buscado por si mismos"
Mientras ellos hablaban volví mi cabeza, un bizco y un tipo con problemas de dicción discutían a gritos.
"Oído al parche con el tuerto y el mudo" me dije a mi mismo al verlos caminar hacia nosotros.
El mendigo con estrabismo empezó a quejarse de su compañero explicando deshilvanadamente a Marcus las razones, todas ellas de un poso febril.
"Me voy de aquí" dije
La pobreza no es la ausencia de dinero. Al menos no en el Primer mundo.
Caminé hacia la calle dejando ese lugar atrás, dejando a mis espaldas a esos hombres y mujeres que la extremaunción convertiría en ejecutivos.
sábado 14 de noviembre de 2009
El eterno adiós
Vivir en el extranjero es comparable a haber envejecido, cada mes alguien se marcha para siempre, cada lunes alguien vuelve a casa tirando la vida por la ventana en una concluyente borrachera de proporciones suicidas.
Como en la última cena de un condenado a muerte que verá ajusticiada su juventud en unas pocas horas, todo son despedidas, mezcla de buenos deseos, tristeza y locura.
El alcohol ha de correr, al fin y al cabo siempre fue las agallas de los cobardes. Ha de facilitar el último desvarío, los últimos halagos mutuos, la última confesión de un amor secreto.
En Islandia el proceso se repetía de forma constante con cada nueva ola de extranjeros que seis meses atrás habían llegado para quedarse de por vida.
Tras dos años de adioses, abrazos y "has de visitarme" todo se convertía en un mero trámite mecánico.
La reiteración es el mayor de los anestésicos.
Por encima de un determinado nivel todo pierde su efecto, como si solo se pudiera mantener un cierto número de amigos, un cierto número de intereses, un cierto número de adhesiones.
Como si el ser humano sintiera la necesidad de un núcleo estable.
"Me voy a casa" dije despidiéndome.
"¿Vas hacia Midbaer?" preguntó Giorgio.
"Sí"
"Voy contigo, me pilla de camino"
El italiano y yo recorrimos Laugavegur en dirección a Austurstræti bromeando respecto a todo.
"Parecía que te daba igual que John dejase el país"
Miré a mi alrededor, todos los borrachos son seres decadentes cuando los observas desde la sobriedad.
"Es lo que ocurre a partir de la vigésima despedida"
Giorgio aprovechó mi sinceridad para lapidarme con hipocresía.
"No te des tantas palmadas en el corazón no sea que acabes rompiéndote la mano" dije interrumpiéndole.
El italiano sonrió y nos dimos la mano para despedirnos en Ingólfstorg.
"¿Cuando yo me vaya también actuarás así?" dijo mientras caminaba hacia atrás.
No me giré, solo seguí.
"Tal vez yo lo haga antes..."
"Tal vez yo lo haga antes"
martes 10 de noviembre de 2009
Dolor, salud y calidad de vida
Sentí un golpe eléctrico en la espalda y caí al suelo. Marcus se acercó corriendo y trató de incorporarme.
"No me toques por favor" dije
Mi mente recordó de inmediato la última vez que tuve que pasar por algo así.
Ocurrió en mi ciudad natal durante un partido, hice un movimiento seco y violento tratando de recuperar la pelota y mi cuerpo se colapsó. No hubo bromas, todos notaron de inmediato que se trataba de algo grave, el encuentro fue interrumpido y me llevaron a urgencias.
Una vez allí un doctor joven y sonriente me recetó paracetamol.
"Has sufrido un ataque de lumbalgia si no has tenido problemas anteriores al respecto lo más probable es que empieces a mejorar en 48 horas."
Dos días después continuaba en la cama y el dolor persistía, tanto era así que incluso podía notar la ligerísima inclinación del suelo de una forma salvaje y desgarrada.
Abrí un libro pero era incapaz de leer o concentrarme.
Al día siguiente visité a un segundo médico, enfermera me tumbo en la camilla y me dijo que esperara, no pude hacerlo, la inclinacion de 10 a 20 grados me estaba matando, descendí hacia las baldosas y ahogué un grito desesperado apretando los dientes con todas mis fuerzas.
Unos minutos después apareció el traumatólogo, al verme en el suelo pidió ayuda a la enfermera y me levantaron tratando de no doblar mi espalda.
"Ahora has de aguantar unos segundos, agarrate a la barra" dijo el doctor mientras el técnico se preparaba para hacerme una radiografía.
Me así al acero como si se tratase del único tablón flotante de un barco que se hundía.
Una vez tomada la imagen me colocaron sobre una camilla móvil y la enfermera me inyectó una solución.
"Es un relajante muscular" dijo el doctor "voy a pedir los resultados de la radiografía ahora mismo para que no tengas que venir mañana.
En apenas unos minutos el técnico los trajo y el traumatólogo colocó la imagen sobre un panel.
"Sufres un cuadro agudo de lumbalgia, los músculos de esta zona están totalmente colapsados, tu columna tiene ahora la forma de una C invertida en lugar de una S" dijo señalando con el dedo la zona lumbar.
El médico caminó hacia su butaca y empezó a escribir, "Guarda reposo total durante tres días y sigue la medicación que te indico en las recetas cada ocho horas, te estoy ordenando un analgésico y un relajante"
Tras una semana nada había mejorado excepto la cuenta bancaria del traumatólogo.
La medicación me estaba destrozando, no podía ingerir ningún tipo de alimento, perdí cinco kilos y pude conciliar el sueño aún menos horas.
Decidí visitar a un segundo doctor y luego a un tercero, el último fue claro, honesto y directo:
"Vas a tener que tomar un opiáceo durante algunos días para rebajar el nivel de dolor, tienes una hernia discal entre la vertebra cuarta y quinta, tal vez incluso estenosis, con el tiempo que llevas en reposo deberías haber mejorado ya"
"¿Que alternativas tengo?"
"Puedes operarte, si no cambia tu situación tal vez tengas que hacerlo pero no te lo aconsejo salvo como última opción, no siempre funciona y en no pocas ocasiones hay que volver a intervenir, también existe la alternativa de un tratamiento con ozono pero es caro y soy muy escéptico respecto a su efectividad"
"Así que no hay soluciones que ofrezcan una total garantía"
"No, no las hay"
Dos meses y medio después seguía aún en la cama, podía conciliar el suelo y el dolor había rebajado su intensidad pero los opiáceos me estaban destrozando el estómago.
Mi madre venía al dormitorio y se sentaba a mi lado cada noche, podía percibir como aguantaba las lágrimas dentro de los ojos, lo hizo hasta que llena ya de agua y sal no pudo encerrarlas más.
"Cada día rezo para no verte así" dijo sollozando.
La miré, estaba luchando como una madre abnegada para mantener la entereza.
¿Qué es la vida cuando alguien no puede valerse por si mismo, cuando la debilidad del cuerpo destruye lo que eres convirtiéndote en un despojo cuya única salida es ajena a tí.
La esperanza solo era el curandero de la mente, la última solución cuando todo lo racional falla.
El sueño de que tu existencia mejore volviendo al estado de cosas en el que se suspendía.
Podía serlo todo, esperar que aquella pareja que te dejó volviese contigo, que algún laboratorio inventase una píldora para que tu astenia desapareciese o que los rezos a una estampa hicieran que aprobaras un examen.
El soñador es un viajero que siempre avanza hacia el pasado.
En ese mismo instante empecé a odiar a la esperanza, empecé a abandonar esa creencia en una solución ajena a mis manos y mi mente.
"La voluntad es el doctor y la forja del hombre" dijo alguien.
Me levanté de la cama agarrándome al cabezal y las paredes.
"¿Qué haces?" gritó mi madre.
No respondí solo caminé hacia la puerta superando un dolor salvaje y constante, todo ese tiempo en la cama había envenenado mis músculos destruyendo su fuerza, caminar 20 metros dentro de la casa me hizo desfallecer y vomitar.
Al día siguiente repetí el proceso, estuve haciéndolo durante quince días, superando el martirio al que me sometía el dolor y la inactividad, un mes más tarde empecé a caminar sin sentir cansancio y los pinchazos en la espalda disminuyeron, solo una cojera persistente mostraba algo extraño en mí. Tras tres semanas de natación diaria también despareció esta.
Pensé en todo ello durante ese minuto en el suelo, duante ese minuto tirado sobre las baldosas de una habitación de Reykjavík.
Marcus me miró de nuevo y repitió:
"Quieres que te ayude a levantarte"
"No, puedo hacerlo solo"
sábado 7 de noviembre de 2009
De miserias y noches
"¿No es ese Jón Ingibergsson?" preguntó Arnar mientras apuntaba con el dedo en dirección a Sudurgata.
"¿Quién?"
"El que está al lado del coche" dijo para ubicarlo.
Miré hacia allí, un tipo vestido de manera impecable trataba de entrar, sin conseguirlo, en un Porsche Cayenne, parecía el capitán de un barco que hubiese ahogado todas sus penas en un mar de busconas y cerveza barata.
"Sí, ha de ser él" respondió Bjarni.
"¿Está en el parlamento?" pregunté.
"No, Jón es uno de los ejecutivos más influyentes de Landsbankinn" contestó Arnar.
"Vamos a hablar con él"
"¿A hablar con él?" dijo sorprendido Bjarni.
"Sí, ¿Por qué no? está todo lo borracho que puede estar alguien que se mantiene de pie"
Los dos hippies islandeses y yo corrimos hacia el banquero con la esperanza de alcanzarle antes de que se perdiese en su coche, afortunadamente cuando llegamos a su lado seguía tratando de encajar la llave en la cerradura.
"Está muy mal" dijo Bjarni
"Shhhhhh" susurró Arnar tratando de que bajase la voz
El banquero se volvió hacia nosotros y empezó a hablar en un islandés ebrio y arrastrado.
"Strákur rokoki koki rokoki, quiero ir de fiesta ablurtok mordien vintenur amagen alavientegid bonej winta"
"¿Qué dice?" pregunté
"Dice que tiene un piso en esta calle y que si queremos beber con él"
"Claro"
"Pero se rumorea que es marica..." silbó entre dientes Arnar.
"¿Y eso que tiene que ver?" le interrumpí "No te preocupes, no va a ponerte una manzana en el culo y a jugar a ser Guillermo Tell con su polla"
Le ayudé a abrir la puerta mientras Bjarni y Jón charlaban en islandés.
"Dadme ese papel" exclamó el ejecutivo aunque él mismo se estiró para alcanzarlo sin esperar a recibir ayuda.
Tras darle una ojeada durante unos segundos dijo "Sí, es en esta calle"
"Jón cogió una bolsa con cervezas del coche y caminó adentrándose en Öldugata con los ojos clavados a la altura de los números de los edificios"
Tras veinte metros se detuvo en un portal y sacó de la bolsa un enorme manojo de llaves.
"Empezó a mirarlas una por una comparando sus números con los del papel"
"¿Qué está haciendo?" preguntó Bjarni "¿Va a robar?"
Me reí.
Islandia era el único país del mundo en el que poder observar a los ojos las miserias de los dirigentes y las instituciones.
"Trata de entrar en una vivienda expropiada" dije rascándome la mandíbula "la más cercana a su coche"
Tal vez eso era lo que ocurría con Robin Hood tras obtener un título universitario.
miércoles 4 de noviembre de 2009
El gato orondo
Llamé al timbre pero nadie acudió a abrir la puerta, tras esperar cinco minutos en la calle me decidí a empujarla y entrar. Mientras subía por las escaleras las voces de Patrick y Simon se hicieron cada vez más presentes.
"Es la cosa más estúpida que he oído en mi vida"
"¿Y? ¿Acaso es tu problema?"
"Lo es en la medida en que le puede pasar algo"
"¡No digas gilipolleces!"
Entré al salón.
"Sæll og blessaður" dije saludando en islandés.
No hubo respuesta.
"Escucha" dijo Patrick alzando la voz "no es tuyo, no puedes hacer algo así si no lo és y mucho menos ponernos en peligro a tí y a mí"
"¡Por todos los santos.... parece que ahora vas a estar más amenazado que Salman Rushdie!"
Les miré atónito, discutían con verdadera cólera, el irlandés notó mi presencia y empezó a aclarar el por qué de la trifulca.
"Hola Dash, Simon ha escrito su nombre y su teléfono en una nota y la ha atado a una cuerda alrededor del collar del gato"
"¿Qué gato?" pregunté confundido.
"No se si lo sabes pero hay uno bastante peludo y simpático que suele entrar en nuestro apartamento por el jardín, si lo veo aquí juego con él y le doy un poco de comida porque es muy social"
"¿Qué decía la nota?"
"Algo así como "Hola soy Simon vivo en el apartamento de la calle tal y tu gato siempre está aquí, te parece bien que le demos de comer y que nos hagamos cargo algunos días?" dijo Patrick tratando de imitar, ridiculizando, la voz del danés.
"No trates de hacerme pasar por idiota" intervino Simon.
"Yo no hago nada, es lo que decía, si te
parece estupido es porque lo era"
"Creo que voy a dejaros solos" susurré con incomodidad.
"No te preocupes Dashiell, no pasa nada, ¿no crees que no merece tanto revuelo?" dijo Simon
"Sí lo merece" contestó Patrick "Primero: El gato no es tuyo, ¿Por qué coño le atas nada al cuello? ¿sabes que suben por los arboles y se rascan las bolas contra la corteza?, pues sí, lo hacen, y en medo de eso podría quedarse enganchado a una rama gracias al puto hilo con lo que puede acabar ahorcado y tu nombre está en la nota.
Segundo, como tu nombre y nuestra dirección están en la nota si el dueño es un loco o si cree que eres gilipollas, (que lo eres), puede venir aquí y partirte la cara, y lo que es peor a mi también si me confunde contigo.
Y tres, el gato me gusta mucho y quiero seguir jugando con él, su propietario puede tener miedo de nosotros y no dejarle salir"
"¡Pero qué más te da a tí! ¿acaso estaba tu nombre en el papel?"
"No"
"¿Entonces? No es de tu incunbencia"
"Sí que lo es"
"Oíd, ¿Seguro que no os parece mejor que me vaya?"
"No, ¿en qué te afecta a tí?" dijo Simon dirigiéndose a Patrick e ignorando mi pregunta.
"Me afecta en que lleva dos días sin venir cuando antes lo hacía cada noche"
"Mañana iré al hogar de los animales y te traeré uno, no te preocupes, no tendrás que pagar nada" contestó el danés con una mezcla de tristeza y cólera en su voz y en el vidrio de los ojos.
Nadie habló tras ello.
Tal vez esa era la forma en la que nacían los divorcios y los asesinatos.
Tal vez esos eran los estúpidos detalles que gestaban la muerte de una amistad.
Salí al jardín y me apoyé en el árbol.
Un gato orondo saltó desde las ramas y corrió zigzagueando hacia el apartamento.
"Ha vuelto" gritó Simon como una zahorí "Ha vuelto Sunnu"
Entré de nuevo al salón.
El irlandés también corrió hacia el tigre en miniatura.
"Aún lleva la nota" murmuró Patrick "Quítasela por favor, tal vez tengamos suerte y aún no la haya visto su dueño"
El danés cortó el hilo con unas tijeras y retiró el papel.
"Espera, esta no es mi letra" dijo Simon.
Tras unos segundos empezó a leer el mensaje en voz alta.
"Hola, gracias por la nota, me llamo Helga y mi teléfono es el 840 32 43 te importaría llamarme para hablar de mi gato, tengo clase en la universidad hasta las 5 pero estoy libre a partir de esa hora, saludos"
domingo 1 de noviembre de 2009
Cómo hacerse rico
Cogí el teléfono a tientas y descolgué.
La compañía tiene su sede en Los Angeles, California y emplea a 3.500 personas en todo el mundo. Sus productos son distribuidos en 69 países a través de una red de aproximadamente 1.500.000 distribuidores..."
"...Para marzo de 2007, la compañía estaba recibiendo ganancias de más de tres mil quinientos millones de dólares."

"¿Por qué no?"
viernes 30 de octubre de 2009
Desconectado
La curiosidad es el límite de la juventud, allí donde termina empieza la madurez.
¿Los 25, quizás los 30? son el acantilado cronológico, el fin del principio, el momento en el que termina el yo y acaba el aprendizaje.
Alguien dijo que la vida iba en serio, algo que solo puede comprenderse cuando se recibe la primera paliza, esa que llega siempre tarde en los hogares ultraprotectores del Mediterráneo donde el miedo a ser uno mismo se instala en los huesos para mantener el statu quo de la seguridad y del grupo.
Acojonados por nimiedades, experimentando como una tragedia el vivir en una ciudad diferente o un país distinto, el dejar a una novia o el cambiar de trabajo, imponiendo almas mediocres en cuerpos salvajes.
Funcionarios de la vida, adolescencia eterna que desemboca en la vejez en lugar de en la edad adulta.
¿Cuánta curiosidad queda en el interior?
No sé quien es Lady Gaga ni el último rapero famoso falsamente rebelde, ni siquiera cuál es el disco rojo de la semana o la polémica entre los dos últimos número 1 de la Mtv.
¿Es la música el reactivo que cambia de color para indicar la muerte de la juventud...?
Para decirte que eres parte del pasado.
Cruzo Ingóflstorg, dos adolescentes islandeses rapean en la acera, cuando paso a su lado dejan de hacerlo y me dicen algo.
Presiono stop en mi reproductor y acerco mi cara a diez centimetros de la del más alto.
A diez centimetros del futuro.
jueves 22 de octubre de 2009
La ironía y los países nórdicos
domingo 18 de octubre de 2009
Oscuridad
"Hey Dashiell, ¿Qué es de tu vida?"


