Islandia y el fin del mundo


Eran las cuatro de la mañana cuando llegué a la habitación del hostal, por su ventana podían verse gruesos copos de nieve flotando pesadamente en el aire, me quité las botas, estaban cubiertas de escarcha, aún así se secaron rápidamente dado que el calor en la estancia era sofocante, 25 grados en el edificio, 7 bajo cero fuera de él.

La luz de la mañana entró a través de la rendija que separaba las dos persianas correderas, dada la latitud deduje que sería mediodía, error, eran las nueve, tal vez las leyes de la física no se cumplían en los primeros 50 metros que rodeaban al hostal en Keflavik.

Me duché y procedí a vestirme pertrechándome como un soldado para la guerra: ropa interior térmica, botas altas e impermeables, pantalones con forro guateado, jersey fino de lana y un largo chaquetón de plumas, de esa guisa y arrastrando las maletas me dirigí a la entrada, allí la recepcionista me informo amablemente que en 15 minutos alguien me llevaría a la parada de autobús a fin de poder viajar a la capital, por mi parte sonreí y tratando de tentar el carácter islandés por primera vez pregunté que tal estaba siendo el invierno, “el peor en los últimos 8 años” contestó, volví a sonreír e hice un comentario gracioso, ella rió y empezó a hablar de la nieve, este invierno era como los de su infancia.

El chofer entró en el hall e insistió en ayudarme con las maletas, al salir a la calle mis botas se hundieron en la nieve más de veinte centímetros dejando a mi paso huellas grandes y profundas, montamos en el coche, mientras avanzaba por la carretera miré al horizonte: el paisaje era digno de la Antártida, no había ni podía percibirse otra cosa que hielo, una llanura inmensa y eterna de él, tras un par de minutos llegamos a una rotonda y por primera vez empezó a intuirse el asfalto, aún así, dos de las tres indicaciones de salida estaban cubiertas de nieve y no podían leerse, el chofer eligió la correcta, conocía perfectamente el camino.

Una vez en el autobús hacia Reykjavik pude apreciar por primera vez la ciudad a lo lejos, la visión era estremecedora, al contrario que en la mayoría de países donde los edificios y las ciudades invaden gran parte de la superficie, la capital islandesa se mostraba agazapada, como pidiendo perdón a la naturaleza, era un bastión resistente al envite del hielo.

Si el universo decide vengarse contra la raza humana por todos los abusos que el hombre comete contra su entorno tal vez Islandia sea el único lugar del planeta que sobreviva.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Pedazo de hostal el hostal ALex.

oria dijo...

Me encanta como escribes. Ya te enterarás de las salvajadas que están haciendo por la industria siderúrgica y verás que entonces ni Islandia se libraría de esa venganza.

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