Obsidiana

Era la primera vez que salía de Reykjavik.

Cuatro personas en el coche y en la radio “Sweet Hitch-hiker” de la Creedence Clearwater, imposible encontrar una mejor banda sonora para un viaje de carretera.
Abandonamos la ciudad y nos dirigimos hacia Thinvedlir, uno de los enclaves históricos y paisajísticos más importantes de Islandia, más allá de ese lugar solo existía pura improvisación y deseo de descubrir la isla.

Al dejar atrás la capital la sensación de vacío se hizo inmediata, solo hielo y piedra a ambos lados de la línea de asfalto.
Erika y Paula, las chicas alemanas, empezaron a hablar con Fabio, intentaban darle instrucciones para encontrar el camino adecuado a fin de llegar al destino, yo seguí en silencio y apoyé la cabeza contra el cristal de la ventana, su frialdad recorrió mi frente como un impulso eléctrico.
El enclave estaba cerca y Paula no tardó en avistarlo, “Es allí” dijo en tono recio mientras señalaba con su dedo índice la dirección.

Salimos del coche y caminamos hacia el mirador, un desfiladero serpenteaba desde su vértice norte y se introducía en una gargante rocosa y bellísima.

“En ese lugar se encontraba el primer parlamento islandés, hace casi mil años” dijo Paula.

Miramos alrededor y continuamos observándo el paisaje mientras descendíamos por el sendero que zigzagueaba introducéndose en la piedra como el violento hachazo de un dios.
La sensación temporal se detuvo, era fácil imaginar a los antiguos vikingos discutiendo y argumentando sobre la tierra que mil años después pisabamos fascinados.
Miré el reloj, habían pasado dos horas, era el momento de continuar el viaje...

Una vez en la carretera seguimos avanzando hasta llegar a Geysir donde la actividad geotérmica del entorno provocaba violentas erupciones de agua en ebullición que salía disparada a casi veinte metros de altura, de allí nos dirigimos a Gulfoss, las cataratas más importantes del país.
El lenguaje es una herramienta inútil para describir los sentimientos, las palabras se convierten en meras aproximaciones de lo que de verdad se siente, no hay lugar en el mundo donde ese hecho sea más cierto que en Gulfoss...

El viento calaba hasta los huesos como una lluvia penetrante y el entorno parecía un inmenso glaciar en el que el agua se abría paso salvajemente, arrastrándolo todo a su encuentro mientras oradaba las rocas y destruía las barreras.

No era la altura, era la violencia, el ímpetu, la sensación de ser nada en medio de la naturaleza iracunda y todopoderosa.

Paula se acercó a mi, sabía lo que iba a decirme.
Lo sabía porque todos pensabamos lo mismo.

“Si alguna vez siento que mi vida no tiene sentido o que voy a morir me dejaré caer desde estos riscos hacia la cascada...”

Durante el resto del trayecto apenas hablamos, el coche recorrió kilometros y kilometros hasta llegar a Selfoss, la mayor ciudad del sur de la isla.
Fabio detuvo el automóvil en ella, y Erika hizo algunas fotos a su minúscula iglesia, no había mucho que ver alrededor.
No tardamos en dejarla atrás, el coche continuó deslizándose sobre el asfalto y deteniéndose en todas las pequeñas aldeas que encontrabamos a nuestro paso, en sus calles no existía vida, nadie caminaba por ellas.
Seguimos nuestro camino, la luz del sol era mucho más mortecina, el crepúsculo se acercaba y estabamos lejos de la capital.

“Quiero ver el mar” dijo Erika.

Fabio paró el coche y ellos salieron, me sentía cansado.
Me tapé los ojos con los dedos y suspiré, quería volver a Reykjavik, aún así no dije nada, desabroché el cinturón y abrí la puerta, caminé hacia el mar, una pequeña montaña de rocas impedía su visión, la escalé.

Había una playa tras ella, una playa de arena negra.

Paula, Fabio y Erika se colocaron a mi lado, caminé hacia el agua dejándolos atrás, solo podía oírse el oleaje del mar, un mar oscuro como el vino.
Doblé las rodillas y cogí un puñado de arena, era polvo de obsidiana.
Los últimos rayos del crepúsculo rebotaban contra ella, la playa adquirió tonalidades cobrizas hasta que poco después la luz hizo surgir una explosión de colores, como en un crisol volcánico.
Veía Los cabellos dorados de Erika y Paula brillando entre la obsidiana.

Pensé en mi mismo.

Por primera vez desde que tomé el avión hacia Islandia estaba pensando en mi, en medio de esa playa de arena negra, en el centro de ese silencio, de ese vacío.

Había roto el orden.

Estudiar, encontrar un empleo, escuchar a tu padre diciendo que hagas unas oposiciones, escuchar a tu madre diciendo que el primo Adolfo tiene un sueldo que tú nunca vas a tener, casarse, irse alejando poco a poco de los amigos, formar una familia, sacarla adelante, pasar las vacaciones en el pueblo o en la playa de Benidorm, pagar la hipoteca, ahorrar para comprar un coche mejor, dejar de sentir ese cosquilleo por tu mujer, seguir por los hijos, pagarles la universidad, mirarse al espejo a los setenta sintiendo que la vida es una mentira...

No podía decir en qué punto estaba mi existencia, había alterado el curso natural de las cosas.

Para bien o para mal.

Estaba conduciendo mi vida, cabalgando sobre ella.
Esparcí el polvo de obsidiana que retenía en mi mano.

Sentí extrañamente que por primera vez en mi vida estaba haciendo algo que tenía sentido.

Primer día de trabajo

Era lunes y empezaba en mi nuevo empleo.

Decidí llegar a las oficinas centrales media hora antes para causar buena impresión a Thora, la responsable de recursos humanos, cuando entré por la puerta pregunté directamente por ella y me dirigí hacia su cubículo, mientras hablabamos observé en la pared su diploma que acreditaba la realización con éxito del curso de tècnicas Dale Carnegie.
Sonreí para comprobarlo, ella me devolvió el gesto reiteradamente.

“Bueno”, dijo Thora mientras me entregaba mi acreditación, “ya puedes empezar tu primer día de trabajo, buena suerte”.

Volví a sonreir mientras decía “gracias”, di media vuelta y me coloque al final de dos enormes cintas mecánizadas.

Tres minutos después empezaron a aparecer paquetes por ellas, aún no había llegado ninguno de mis compañeros, y yo volaba de un lugar a otro recogiendo los enormes sobres y distribuyéndolos en las sacas o vagonetas correspondientes a sus códigos, corría mientras se incrementaba la cadencia, como el protagonista de un videojuego de los ochenta bajo una música simple y “speédica”.

Selfoss, Akranes, Keflavik, Isafjordur... cada ciudad esperaba sus paquetes...
Mis compañeros aparecieron a la hora exacta, les saludé con una sonrisa y seguí corriendo...
“Akureyri, Vik...Uganda...” , volví a mirar “¿Uganda?”, leí detenidamente el sello “Missent to Iceland, destination Kampala, Uganda”.

Cómo podía acabar un paquete que claramente señalaba Uganda en Islandia era algo que iba más allá de la comprensión del ser humano, los destinatarios iban a tener que esperar meses para recogerlo.

La cadencia disminuyó y me dirigí a mis compañeros, dos eran alemanes, el tercero irlandés y el último oriundo del país en el que estabamos.
Fueron muy amables conmigo e intentaron aclarar todas las dudas que me surgían.
Paramos tres veces durante la jornada, veinte minutos en cada ocasión, las dos últimas horas fueron un suplicio: no podía dormirse en el suelo y posteriormente compaginarlo con tener un trabajo como ese, no a menos que el protagonista de todo ello fuese un loco.

Cuando llegué a casa mé quité la chaqueta y me desplomé como un árbol talado sobre el sacó de nylon, caí en un sueño profundo antes de poder quitarme la ropa.

Dormí vestido.

Al día siguiente un golpe de suerte me hizo conseguir una cama, una mesa y un sillón, todo ello gratis y en buen estado, mis caseros me los regalaron cuando se sorprendieron al ver mi habitación completamente vacía, les había impactado mi dureza y la existencia mezcla de asceta indio y pordiosero del XIX que estaba llevando en Islandia.

Tenía una bonita habitación en una buena zona de la ciudad, había conseguido un trabajo y formado un círculo de amigos de diferentes países, todo ello en 16 días.

La luz estaba apagada pero yo miraba al techo en la oscuridad.

Solo podía verme a mi mismo.

Vida nocturna en la ciudad II

Al día siguiente me sentí mejor pero muy lejos de lo que era estar al 100%, la última cosa que necesitaba era introducirme en la vida nocturna de Reykjavik de nuevo.
Haciendo oídos sordos salí a celebrar que disponía de trabajo, un pequeño homenaje solitario a mi mismo, de hecho iba a ser la segunda vez que comería un plato caliente desde mi llegada a la isla, hasta entoncés mi dieta se basaba en los frutos secos, las barritas de cereales y los zumos de fruta rehidratada.

Fui caminando hasta el Café Cultura, durante el trayecto, como siempre, pasé junto al inquietante cementerio abierto del distrito 107, un cementerio donde las tumbas parecían sacadas de un film de terror gótico, cruces cubiertas de musgo y nieve y una pareja de gigantescos cuervos, inmóviles y oscuros, observandolo todo.


Subí las primeras cuestas de la calle Laugavegur y de inmediato giré para dirigirme a Hverfisgata, su pararlela.
Abrí las puertas del café cultura y elegí una mesa en la parte interior, la más cálida.
Los precios eran sorprendentemente competitivos así que me decidí por una ensalda de pasta y pollo con salsa dulce y parmesano. Su sabor era exquisito, y no tardé en devorarla, aún así pronto me di cuenta que mi estomago iba a resentirse, era un plato ligero, pero tras días y días alimentándome como un soldado escondido tras las líneas enemigas mi cuerpo no aceptaba completamente la carne.
Sentí casí de inmediato como la poca energía que tenían mis músculos me abandonaba.

De pronto vi a Fabio, Fabio era un increíblemente interesante italiano que había residido en Tanzania y Kenia y que ahora había cambiado sus pasos hacía latitudes más septentrionales.
Nos saludamos y se sentó a la mesa, charlamos un rato, mientras sonreía comentó que había traído dos documentales, piezas que había rodado durante su estancia en el continente negro, iban a ser proyectados al inicio del encuentro multicultural que todos los viernes se celebraba en el mismo bloque donde nos encontrabamos.

Miró el reloj y dijo “Es la hora”

Le acompañé hasta el lugar, veinte minutos después estaba completamente lleno, era el momento de iniciar el visionado.

Los documentales mostraban la pureza de los Masai y de sus tradiciones, su ingenuidad y su garra, era un trabajo brillante mucho más viniendo de alguien que no era un profesional de los medios como Fabio.

Tras la tertulia descendimos hacia la planta baja donde los islandeses y buena parte de la comunidad extranjera de la isla bebía sin cesar.

Me acerqué a Fabio y le dije, “Hey, Fabio, esto es aburrido vamos a conocer chicas” ,

“Ok”, contestó, “Que te parecen las de esa mesa”,

Miré hacía la dirección que me indicaba, solo pude quedarme anonadado, sentadas, juntas, se encontraban las dos chicas más bonitas que había visto en el país, la clase de mujer que un hombre imagina dedicándose a ser supermodelo, altas, de ojos claros, rubias como el trigo y con buen cuerpo.

“No, mejor no Fabio”

“¿Por qué no?” preguntó él.

Yo había reconocido a una de las chicas tras unos segundos, mi memoría era demasiado buena en cuanto a las caras y los cuerpos, un grave defecto en Islandia.
La chica estaba hablando con un chico latinoamericano, yo no tenía pinta de latino, era terrible en ese lugar no aparentar ser español.

Fabio insistía, caminamos hacia su mesa y preguntó si podíamos sentarnos con ellas.
Nos despejaron de allí en menos de tres segundos.

El ragazzo caminó hasta la parte interior del local y me presentó a otras tres chicas, la primera era una preciosa italiana, su sonrisa era radiante y su culo no tenía nada que envidiar a los de la isla de hielo.
La segunda era checa, aunque parecía islandesa, risueña y preciosa aunque había algo en ella que no me convencía.
La última de ellas, lituana, se mostró bastante agradable, hablamos sobre baloncesto y dejó clara su apasionada afición por ese deporte.

Las chicas decidieron ir a Kaffebarinn y nos preguntaron si queríamos acompañarlas, Fabio comentó que el mejor momento para acudir a ese lugar era sobre las cuatro de la mañana de forma que esperamos unas horas, ellas se fueron y nosotros nos levantamos para beber.

El camarero nos sirvió dos cevezas, eran San Miguel, el italiano dió un sorbo a la suya y comenzó a caminar por la pista del pub como un chacal por la sabana.

Se colocó cerca de una preciosa islandesa, rubia y alta, no debía tener más de 20.

“¿Como te llamas?” preguntó

“Asta” dijo ella

”¿Quieres un poco de cerveza?”

La chica sonrió ingenuamente y de un trago acabó literalmente con lo que de cerveza quedaba en la botella, más de la mitad.

Ella volvió a sonreir y se fue.

Fabio vino hacia mi y dijo:

“Nunca invites a beber a las ragazzas islandesas”.

Reí, noté mi cansancio al hacerlo, la cerveza no me entraba en el cuerpo ni habitaban en mi fuerzas para dirigirme a nadie, sentía una terrible debilidad que me vaciaba.
Justo en ese momento tres rubias entraron en el local, una de ellas me miró a los ojos y se dirigío hacia donde yo estaba, empezó a darme culatazos en la pelvis y en la pilila, daba igual, seguía amorcillada, como una cobra durmiente.

Me tapé los ojos con la mano derecha y la mantuve así unos segundos, no tenía fuerzas y era inutil intentar buscarlas.
Cuando aparté la mano vi a veinte centimetros de mi cara a una islandesa de unos 45 años, debió haber sido muy guapa en su juventud, ahora las huellas de la cerveza y los divorcios se apreciaban en los surcos que cortaban sus facciones.

Separé mis ojos de la dirección de los suyos para no hacer contacto visual, ella para conseguir mi atención movía las manos con insistencia delante de mi cara, giré minimamente el cuello y esbocé una sonrisa con desgana, tomándolo como una concesión o una victoria me cogió la mano como sugiriendo que le diera permiso para probar de mi cerveza.

No me di por aludido, aún así ella empezó a separarme los dedos que agarraban la botella tal como un malvado personaje de película haría con los del protagonista mientras este trataba de no soltarse de la roca que le separaba del precipicio.

Lo consiguió, mi cerveza estaba casi llena, bastó un sorbo para dejarla al cincuenta por cien.
Me la devolvió con una sonrisa, descarté volver a beber de ella, no estaba seguro a cuantos tipos podía habersela chupado en los baños del pub en lo que llevabamos de noche.

Le di la espalda, dejé la cerveza en la barra y esperé unos segundos para pedir otra, en ese momento ella se agarró a mi cintura y empezó a dar caderazos contra mi pierna como un perro completamente fuera de control.

Ya era demasiado.

Miré de soslayo y dije

“I'm sorry” aunque por dentro era “me-cago-en-tu-puta-calavera-dos-cientos-millones-de-veces-reparida” y traté de separarme.

A ella no le importaba si hacia el ridículo o si era el fin de los tiempos, cuando traté de huir me di cuenta que me atenazaba una pierna con las suyas, me agarré con un brazo del pilar para liberarme, mientras lo hacía seguí diciendo “sorry”, aunque mi mente gritaba “mal-meteorito-te-cayera-encima-so-puta-o-te-abriera-en-canal-un-caballo-bien-dotado”.

Conseguí escapar de esa carcel de carne y busqué a Fabio, estaba hablando con un grupo de islandeses a los que conocía, un cuarteto pintoresco y jovial, por su comportamiento parecían más latinos que nórdicos, yo por desgracia no mejoraba.

Dianna, la más abierta y neumática de las nórdicas del grupo me preguntó por qué no bailaba, era morena y con unos pechos de escándalo, lamentablemente ni la mismisima Briana Banks me habría hecho contornear el cuerpo esa noche.

“Ahora es el momento de Kaffebarinn” dijeron los islandeses

“Ok, respondimos”, dejé el local sintiendome feliz de huir de aquella loba.

Ya en Kaffibarinn los porteros nos hicieron esperar más de treinta minutos, cuando por fin nos abrieron el paso avanzamos hacia el fondo del local más famoso de la ciudad.
Aquello parecía una novela decadente del siglo XIX o una película de Passolini:

Una rubia perfectamente vestida pero con el rimmel esparcido por toda la cara como consecuencia de un llanto violento caminaba serpenteando por la pista como el último tripulante de un barco que naufragaba, era la viva imagen de Norma Desmond en “Sunset Boulevard”, una mujer de un metro noventa era asida por un tipo con la altura de un niño de trece años mientras bailaban un vals al ritmo del “Highway to hell” de los ACDC, una islandesa con cara de ninfa y con corona de reina del baile de instituto americano trataba de besar a un tipo con camiseta de tirantes a pesar de que la temperatura no superaba los diez grados, grupos de chicos encorbatados a lo Reservoir dogs, rubias con pechos tuneados y minifaldas imponsibles, chicas con capa y caperuza imitando al cuento...

Fauna endémica de la isla.

Había quien cruzaba el local, no importaba el sexo, y soltaba besos como puñaladas al objetivo que se había marcado.

No salía de mi asombro.

Fabio dijo:

“Aquí la pregunta más complicada que puedes hacer es “¿Cómo te llamas?”

Era cierto, todo era mucho más simple, las chicas entraban en un bucle, como robots, cuando se les hacía preguntas complejas.
No les interesaba que los hombres tratasen de ser ocurrentes y divertidos.
Todo era más directo, físico y primario.

No pude decidir si eso era bueno o malo, en el estado en el que me contraba había tomado esa noche como una segunda aproximación, esta vez más real.

Los amigos islandeses de Fabio nos sugirieron dirigirnos a Prikid, un pub situado en frente de Solon, el ambiente allí era odioso, media hora después estabamos sentados en los sofás del apartamento de uno de ellos, podría decirse que era una fiesta privada...

Dianna, la islandesa de cuerpo celestial, cantaba sin descanso mientras el resto la seguía al tiempo que se contorneaban en el sofá, en cierta manera había una extraña inocencia, una extraña pureza, en los habitantes de la isla.

Miré el reloj: eran las ocho de la mañana y aún tenía que caminar en estado febril hacia mi habitación.

El viento helado de la calle me esperaba, no puede ser audaz quien tiene miedo al dolor.

Veikleiki og hungur


Empecé a sentir como me ardía la garganta, sabía que en el alféizar de la ventana había dejado un poco de agua, necesitaba beberla para calmar esa horrible sensación.
Traté de incorporarme desde el suelo pero no pude hacerlo...

Suspiré..

Debía encontrar una manera para conseguirlo, fui arrastrandome hasta una esquina como un soldado en medio de una trinchera, puse mi espalda contra la pared y agarrándome al pomo de la puerta conseguí enderezar mi cuerpo en el aire, me había incorporado.
Noté de inmediato mi debilidad, la clase de debilidad que solo puede provocar la mezcla de sueño, hambre y frío, llevaba tres, tal vez cuatro días ingiriendo menos de 1200 calorías por jornada, durmiendo cinco horas y sintiendo el viento helado del país en el que había elegido vivir.

Nadie excepto yo era el responsable de esa situación.

Caminé hacia la ventana, sentí cuchillos clavándose en cada una de mis articulaciones.
El agua no calmó por completo mi sed pero hizo desaparecer en parte esa horrible sequedad que me martilleaba.
Me dejé caer sobre el saco de dormir, necesitaba recuperar fuerzas, estuve dando vueltas durante una hora dentro de él en un estado febril y brumoso.

Sonó el móvil.

La responsable de recursos humanos del servicio estatal de correos de Islándia estaba al otro lado de la línea, tras un intercambio de saludos y una mínima presentación preguntó en inglés:

“¿Hay algún problema para que te entreviste dentro de dos horas?

“Ninguno” contesté...

“Muy bien, dentro de dos horas nos vemos en nuestras oficinas centrales”, dijo despidiéndose.

“Muchas gracias”, cerré por mi parte.

Cómo iba a conseguir ducharme, afeitarme, cambiarme, llegar hasta la parada de autobus, y recorrer el trayecto de media hora más los diez minutos caminando hasta la sede central de correos en el estado en el que me encontraba era algo que iba más allá de mi imaginación.
Estaba boca arriba en el suelo, me tapé los ojos con las manos y suspiré, me dí dos bofetadas en la cara y caminé a gatas hasta la puerta del armario. Cogí mis enseres de aseo y salí de mi habitación, el aire frío del pasillo me golpeó en la cara con fuerza.

Me lavé y afeité a toda velocidad, volví a la habitación, escogí la ropa que iba a ponerme, pantalones, camisa, corbata, jersey y bufanda, el frío de la calle aconsejaba el chaquetón de plumas pero el abrigo era más elegante, me decidí por éste.

Miré el reloj, faltaban 55 minutos.

Salí afuera con un mapa y caminé unos minutos hasta encontrar un autobus cuya línea me dejase cerca de la sede de correos.
Pude dar con él tras husmear un poco, solo quedaba esperar. Tardó diez minutos en aparecer.
Durante el trayecto no dejé de mirar el reloj cada vez que el autobús se detenía en una parada, cuando lo hizo en la mía salí corriendo de inmediato, corrí y corrí sobre la mezcla de nieve y barro que cubría las aceras, toda una temeridad.

Vi a lo lejos la sede de Correos, apreté el paso y llegué dos minutos antes de la hora fijada para la cita.
No entré hasta recuperar el resuello, cuando lo hice abrí la puerta y pregunté sonrientemente por la responsable de recursos humanos.
Nos sentamos en su despacho y comenzamos a hablar.

Tras 20 minutos el trabajo era mío, estaba tomando las riendas.

Vida nocturna en la ciudad I


Una discoteca española, tres jóvenes brindan con cerveza mientras ríen y especulan con qué chicas podrían hablar, uno de ellos mira a la izquierda, hay un grupo de veinteañeras, las señala con un movimiento de cuello y pregunta a sus amigos, éstos descartan dirigirse hacia allí, “Están con cuatro tipos, probablemente son sus novios” exclama uno de ellos.

A cinco metros de distancia una chica de pelo castaño y ensortijado observa fijamente a uno de los jóvenes mientras su amiga baila a su lado
“Oye, ¿Esa niña me está mirando o es una alucinación?”, “Si, si, te está mirando”…

El chico se acerca y se ubica codo a codo con la chica pero de espaldas a ella y sin mirarla, uno de sus amigos le lanza un pulgar hacia arriba mientras los otros dos ríen y le guiñan un ojo. El veinteañero valora si decir algo o no, siente un pequeño empujón de la chica en la espalda “¿Lo habrá hecho a propósito?” se pregunta, de repente se gira hacia ella y le toca el hombro con los dedos para llamar su atención, ella se vuelve y el chico balbucea “Hola, ¿Cómo te llamas?”, ella contesta con cara seria “ María”, “¿Y vienes mucho por aquí?”, “A veces” , “¿Qué estudias?, “acabo de terminar empresariales” responde mientras busca con su mirada a su amiga, ésta hace acto de presencia de repente y le dice al chico “Perdona pero tengo que llevármela, tenemos que ir al baño”…
Desaparecen, cinco minutos después las mismas chicas se dirigen bailando a una posición a 30 metros de donde estaban anteriormente, los amigos del chico no paran de reír mientras éste vuelve hacia ellos.

“Vaya full…”

“Jajaja, que va, no le des más vueltas, eran unas guarras”

Son las cinco de la mañana, lo que empezó siendo una noche con una proporción chicos-chicas de 60%-40% es en esos momentos de 80%-20% como consecuencia de la venida de todos los tipos con novia que, tras acostarlas y decirles que se van a casa, vuelven a una discoteca distinta para tratar de encontrar algo de emoción.
Los tres chicos están completamente borrachos, “¿Vamos al cine mañana?” pregunta uno de ellos mientras recoge su chaqueta del guardarropa, “vale” contestan los otros dos mientras le aguardan en la puerta.

En la calle, el aire frío de la noche hace tiritar a los últimos náufragos que esperan el autobús para dirigirse a casa.
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Estaba en un agradable pub de Reykjavik, era mi primera salida nocturna por la ciudad.
Un divertido italiano me explicaba lo que más le sorprendía de Islandia mientras interrumpía su discurso cada dos minutos para dar un nuevo sorbo a su cerveza, yo le escuchaba atentamente, estaba siendo una noche de viernes interesante y divertida, charlando sin cesar y de forma amigable con un grupo de personas de Alemania, Islandia, Dinamarca, Venezuela y, por supuesto, Italia… que era la vida si no algo apasionante.

Mientras seguía escuchando noté un codazo , me di la vuelta y vi a una chica de pelo castaño intentado pasar a mi lado hacia la puerta, me moví sobre mi derecha para dejarle más espacio, sin embargo ella repitió la acción tres veces para no dejar atisbo de confusión, el último codazo me hizo tambalear a pesar de mi envergadura.

“Ve acostumbrándote” dijo Marco “Esto es así”

Una hora después estaba en la calle, eran las cuatro y quería volver a casa, me encontraba terriblemente cansado.

Me despedí de la encantadora chica alemana y caminé calle abajo hacia la zona del parlamento, a quince metros de mi, un grupo de tres chicas islandesas si dirigía en la misma dirección, pasé por su lado y mi codo rozó involuntariamente el brazo de una de ellas.

“I’m sorry” dije excusándome, ella contestó algo en islandés, su dicción era la propia de una persona afectada por el alcohol.

“I’m sorry, I can’t speak icelandic”

Ellas me dijeron sus nombres, yo hice lo propio y moví mi cabeza para darle dos besos en las mejillas a la chica a la que había rozado anteriormente.
Cuando acerqué mis labios a su cara ella volvió los suyos y me calzó un impactante y apasionado beso.
Yo no salía de mi asombro, ella seguía moviendo sus labios carnosos contra los míos mientras sus ojos se mantenían cerrados.

Yo los tenía abiertos como platos.

La miré, su cara era increíblemente preciosa, con unos ojos grandes y azules, de un azul acuoso y clarísimo.
Le dije: “Do you want to come to my apartment?”
Ella giró el cuello y dijo algo en islandés a sus amigas, éstas se marcharon.
Empezamos a caminar en la misma dirección que antes, ella lo hacía en silencio, yo hice algún comentario divertido.
Era demasiada información para ella, no le interesaba, comprendí que cuanto más hablase peor sería.

Callé.

Eran veinte minutos hasta casa, para dormir en un saco en el suelo, tal vez no dormir pero si estar acostado sobre él, valoré la posibilidad de dirigirnos a un hotel, era el centro, seguramente no menos de 150 euros, tal vez 200, una estupidez dada mi situación económica.
Mi cerebro cortocircuitó a mi entrepierna, tenía un poder extraordinario para inhibir instintos…
Me volví hacia ella y dije:


“I’m sorry, I’m very tired”, “Other day maybe”…

Aceleré el pasó y la dejé atrás mientras maldecía algo en islandés.
Al girar la primera esquina mis instintos primarios pusieron un argumento sobre la mesa: “Tal vez nunca más tengas una oportunidad así, no con una chica tan bonita”
Paré en seco y di media vuelta para volver con ella, mi cerebro contraargumentó: “Nunca has hecho algo igual, no lo hagas en la primera noche que descubres un país, no en esas condiciones”
Volví a dar la vuelta, no me había dejado llevar.

Todo a mi alrededor era viento y bruma blanquecina, caminé con la máxima velocidad hacia mi casa, como un fantasma taciturno perdiéndose en la noche.

Midge Ure en una habitación de Reykjavik

Me trasladé al nuevo apartamento tras cargar con treinta kilos de maletas desde el centro de la ciudad, nada en comparación con lo que ocurriría horas después.

Coloqué la ropa en el armario, puse a cargar el ordenador y salí resuelto a encontrar una cama dado que la habitación que había alquilado estaba por amueblar.

Nadie pudo decirme donde conseguir una a excepción de en Ikea, haciendo caso omiso busqué por las calles del centro, recorrí gran parte de los distritos 101 y 105 y puse patas arriba Kringlan, uno de los dos malls de la capital islandesa, pero nada de ello ofreció su fruto.
Probablemente habría algún lugar escondido donde encontrar lo que buscaba pero ello no contradecía la idea de que Reykjavik era una ciudad dispersa, donde fuera del centro apenas existía algún atisbo de vida comercial.

Ninguno de esos pensamientos importaba a esas horas, no iban a solucionar el problema y las tiendas ya habían cerrado, tendría que dormir en el suelo de la habitación con mi maleta como almohada.

Nadie dijo que tomar las riendas de tu propia vida fuera fácil.

“¿En qué piensas?” Parte II

“Bueno...” dijo con una sonrisa “Podría conceder que no son completamente verdad, que son excusas, pero es la situación la que lleva a ello”
“¿La situación la que lleva a ello?” pregunté retóricamente… “¿Y si todo el mundo dijese la verdad en esos temas?, sería extraordinario…porque el principal problema cuando las personas lo dejan poniendo excusas es que pasa un tiempo donde la parte despechada cree que puede revertir la situación con lo que hay un tira y afloja..” me miró de nuevo, estaba interesada en lo estrambótico del tema, volvió a apartar el pelo rubio de su frente, yo continué hablando …

”Es decir, parte A dice a parte B, “Necesito tiempo para pensar y quiero que lo dejemos hasta que me aclare” o “Te quiero como amigo” o “No tengo fuerzas para luchar por ti” entonces la parte B, que suele ser un ser humano bastante lerdo, como la mayoría de su especie, en lugar de interpretar esas palabras por lo que en verdad significan, es decir:

Te quiero como amigo = eres feo
Necesito tiempo para mí y mis amigos=no tengo valor para dejarlo en seco pero BYE BYE
No tengo fuerzas para luchar por ti= “¿Crees que se lo diría a George Clooney…?”

En lugar de eso lo interpretan literalmente, con lo que empiezan a arrastrarse para hacer que la pareja vuelva, llaman 50 veces, envían 30 mensajes, flores, poesías, invitan a cenas y mucho más, evidentemente se consigue lo opuesto y la otra persona empieza cada vez a incrementar su animadversión, algo así como cuando a un niño su madre trata de darle la quinta cucharada de yogur, el cierra la boca y su bendita progenitora trata de obligarle a abrirla para continuar con la siguiente…
Después de ello algún día se reúnen y caen algunas lágrimas mientras se abrazan pero son las de cierre de vínculo…”

Paré, a mirarla, le di una pequeña palmada en el muslo para llamar su atención y dije:

“¿Crees que es posible una sociedad en la que las personas rompan diciendo: “Ya no me atraes, creo que dado mi nivel puedo conseguir a alguien mejor que tú en el mercado, eres bastante más estúpido/feo/aburrido de lo que creía”?
“¿Crees que se podrían redactar hojas standard y venderse en los estancos para que la gente solo tuviese que enviarlas por correo a sus parejas para dejarlo?”

Soltó una carcajada, “Supongo que sí, simplificaría las cosas, pero probablemente aumentaría el nivel de suicidios..”

La miré a los ojos, “No es un precio tan alto…”

Media hora después, en la calle, el viento caliente nos golpeaba los labios, era de noche, las luces iluminaban la ciudad como pequeñas estrellas al alcance de la mano.

"Gracias" dijo,

"¿Por qué?" resolví preguntar

"Gracias por hoy"


Llevaba cuatro días en Reykjavik y no había hablado con nadie, ¿Qué me deparaba la ciudad?, ¿iba a poder tener noches que recordar ?

Todo eran preguntas...

"¿En qué piensas?" Parte I

Estaba boca arriba en la cama, entornando los ojos hacia el techo de la habitación, aún así noté que me miraba fijamente recostada de perfil a mi lado.

Sonrió.

“¿En qué piensas?”

Sus palabras se quedaron en el aire sin contestación.

“¿En qué piensas?” repitió.

“Iba a decir que en nada pero si lo digo me volverás a preguntar que seguro que estaba pensando algo”

“¿Y lo hacías?”, insistió

“No, no pensaba en nada” dije reafirmándome

“No me mientas, seguro que estabas pensando algo”

Respiré profundamente…

Dos semanas más tarde me encontraba en el hall de un gran pub, a mi lado una chica anglosajona me exponía las típicas cuestiones que todo el mundo formula cuando habla con alguien de otro país por primera vez.
La interrumpí, “Esta conversación me parece aburrida, no me interesa si te gusta España ni a ti oír por decimoquinta vez que aquí se come muy bien”… se quedó pensando y por fin dijo ”Ok, ¿De qué quieres hablar?”, me acaricié la mejilla derecha con el dedo índice y dije, “¿Las chicas en tu país preguntan a los chicos “en qué piensas”?”
De su boca brotó un “mmmmmmmh…” mientras pensaba, por fin dijo: “Si, a veces con otras palabras pero el significado es el mismo”

Continué:

“¿Y la gente cuando quiere dejar a sus parejas suelta lo de “Te quiero como amigo”, “no eres tú, soy yo”, “No se luchar por ti”, “Aún eres muy joven” , “Ahora necesito tiempo para mi y mis amigos”,“Te mereces algo mejor que yo”, etc…?
Sonrió con sorpresa, se apartó un mechón de pelo rubio de la frente y exclamó: “Sí, decimos todo eso”
“Entiendo” dije en voz baja, para mí mismo, “Entonces se trata de algo más que un factor cultural”,
Aunque tenía mi propia teoría, apuntalada por su primera contestación, seguí preguntando “¿Y por qué crees que la gente lo dice?”

“Porqué es verdad” contestó

“Respuesta errónea, es imposible”, me incorporé ligeramente en el sofá y puse mis manos en perpendicular a mi cuerpo intentando copiar la forma de una balanza romana, levanté una de ellas y dije:

“Hipótesis A: Chica estúpida y fea, su novio quiere dejarla, resolución del problema: “Tú te mereces algo mejor”, volví a dejar mi mano izquierda a la altura de antes y levanté la derecha: Hipótesis B: “Charlize Theron , chico la conoce en una fiesta , salen juntos, resolución del problema “Es más apropiado que lo dejemos y conozcas a otro, tú te mereces algo mejor, tengo un amigo genial, de tu nivel”, volví a dejar la mano derecha en su lugar luego empecé a alzar ambas alternativamente mientras decía: “Hipótesis A…Hipótesis B, difícil decidir…., Hipótesis A, Hipótesis B, complicado…bueno…la primera de ellas suena a excusa barata para que la persona a la que se deja no se sienta herida en su autoestima, la segunda, si fuera una película debería ser clasificada como ciencia ficción”

“¿Ciencia ficción?” preguntó ella

“Si, ya sabes, como “La guerra de los mundos” o “Los Serrano”, ¿Conoces “Los Serrano”?”…

Avanzar

Llevaba tres días en Islandia y ya había visitado la mayor Iglesia del país, el parlamento, Laugavegur así como la casa de verano donde Reagan y Gorbachov sentaron las bases del final de la Guerra fría.

Esa misma tarde me encontré deambulando por las estrechas callejuelas del centro, yendo sin rumbo, como tantas veces había visto a los inmigrantes subsaharianos en España, esperando no se sabe muy bien el qué, un apartamento, un trabajo, amigos, algo que les hiciese creer que el sueño europeo era verdad…
Paré en seco, abrí la puerta de un café y pedí una cerveza a la camarera.
Saqué una pluma azul del bolsillo y mientras esperaba garabateé en mi brazo “La acción es el camino más corto entre dos puntos”, “Encuentra alojamiento y trabajo”.
Encendí mi portátil, di un sorbo a la cara y horrible cerveza y envié diecisiete e-mails a arrendadores y agencias de empleo.

Cuando me levanté al día siguiente tenía 11 respuestas, 9 me confirmaban que la habitación ya había sido alquilada, pude comprobar posteriormente que era verdad y no me mentían, en otra me animaban a visitar el edificio, y en la restante un miembro del staff de una de las agencias de empleo me pedía que acudiese a sus oficinas en Reykjavik.
Esa misma tarde fui a ver la habitación, estaba a unos 15 minutos a pie del centro, en un agradable barrio y una excelente zona, los arrendadores, una simpática joven pareja islandesa, aceptaron alquilármela a buen precio.

Estaba avanzando.

Descubriendo Reykjavik, sorpresa y suspense

Hitchcock ,en su famosa y admirable conversación con François Truffaut expuso muchos de los pilares en los que se basaba su cine, uno de ellos, ya celebérrimo es la diferenciación entre los conceptos de sorpresa y suspense, según el inglés, si en una pantalla de cine el espectador veía a dos personas charlando amigablemente mientras comían y de repente estallaba una bomba eso era una gran sorpresa, pero, si asumiendo el mismo contexto se veía un plano previo de alguien ajustando un artefacto de relojería para colocarlo debajo de la mesa y posteriormente se repetía la amigable secuencia de la conversación, el espectador se encontraría viviendo el verdadero suspense, tenía todos los datos, más incluso que los que disponen los personajes.

Salí del hotel dispuesto a realizar mis primeras incursiones en la ciudad, caminar sobre la nieve, nieve polvo acumulada en un manto grueso, era como intentar subir sin descanso una escalera, estaba descubriendo que pagar 50 euros por noche en un hotel de Reykjavik de cuatro estrellas era no solo cuestión de Yield Management si no que veinte minutos andando en la capital islandesa no eran igual que 20 minutos andando en Madrid.
Tras el primer kilometro sobre la nieve comencé a sentir como las fuerzas empezaban a fallarme por momentos, a partir del segundo, me encontré completamente exhausto, aún así mis pies estaban por fin en el centro, la emoción y la adrenalina de estar a los pies de la mayor catedral de la ciudad, Hallgrímskirkja, hizo que dejase de sentir cualquier tipo de cansancio.

Me quedé unos minutos observándola extasiado, era un edificio poco común, y dejaba una sensación de intensa verticalidad.
Tras la catedral seguí avanzando hacia Laugavegur, la calle comercial más importante de la ciudad, el centro vital de la misma. Pasé frente a Sirkus, la mejor discoteca del mundo según muchos de los que la han visitado, en cualquier caso solo parecía una versión decadente de algún pub de playa del Mediterráneo.
Muchas cosas eran extrañas, apenas se percibían extranjeros no comunitarios y, teniendo en cuenta que se trataba de “La puerta del Sol” islandesa y que la temperatura no era particularmente horrible ( 0 grados) , no se veía una gran afluencia de gente en la calle. Seguí caminando durante una hora, pasear por el centro era mucho más relajado ya que la capa de nieve podía considerarse relativamente fina, miré el reloj, era tarde y debía volver, una decisión tan prosaica como esa hizo que se desvaneciera la adrenalina, tras dejar la zona empecé a buscar con la mirada el hotel, subí una cuesta y lo vi a lo lejos, a unos dos kilómetros, después de haber caminado más de diez, sabía lo que me esperaba, una persona inteligente hubiera intentado esperar en una parada de autobús hasta que la lentísima cadencia de paso le hubiese permitido montar en uno.

Pero yo no era inteligente.

Empecé a caminar de forma acelerada, la sensación térmica había bajado escandalosamente, debíamos estar a -7 y al mismo tiempo empezó a nevar con fuerza.
El viento helado comenzaba a congelarme las manos y la nariz, sabía que estaban ahí, pero no podía sentirlas, solo eran partes amoratadas y entumecidas de mi cuerpo. Bajé una cuesta, no se distinguían las aceras y a cada paso me hundía más y más en la nieve hasta que esta empezó a superar las botas impermeables y llegar al pantalón, miré de reojo mis hombros, estaban cubiertos de escarcha, decidí darlo todo, avanzaba como una excavadora sobre el hielo, comencé a correr con la mirada fija en el hotel, no había nadie a mi alrededor sobre las indefinidas aceras solo yo y el paisaje ártico, era un zorro blanco corriendo hacia su madriguera en medio de una tormenta...

"Eres un tío de puta madre"

 Justo cuatro años atrás me encontraba sentado en un sillón de un apartamento de Madrid, en el centro de la estancia, Luis, uno de mis amigos, no podía contener el llanto, a su alrededor nos situábamos los demás, algunos consolándole para que superara la crisis de ansiedad que padecía.

Jaime se levantó de la silla y se puso de cuclillas para nivelar sus ojos a la altura de los de Luis, le colocó una mano en el hombro y dijo: “No te hundas, ya llevas casi seis meses así, es solo una chica, quiérete un poco, eres un tío de puta madre”, hizo una pausa y repitió: “Eres un tío de puta madre”.
Luis continuó llorando en silencio unos segundos y por fin dijo: “No puedo… no puedo olvidarla”, Jaime levantó un poco el tono de voz interrumpiéndole, “Entonces lucha por ella, pelea, trata de recuperarla, mándale flores, escríbele una carta, dile que la quieres, pero haz algo…”, Luis amagó un intento de contestación pero su voz se entrecortaba, cogió aire, “Me he arrastrado mucho y ella no para de repetirme que solo me quiere como amigo” , “Creo que está con un chico, sale con alguien…solo el hecho de imaginármela con un hombre en la cama me revuelve el pecho”, Roberto se levanto de su silla en ese momento y se unió a Luis y Jaime, entonces dijo “Igual que ahora está con otro tal vez en unos meses esté otra vez contigo, las mujeres solo aprecian las cosas cuando las pierden, recuérdalo siempre”, continuó “Eres un tío de puta madre, dejále entender que tú siempre estarás ahí si ella decide volver”.

Continuaron consolándole unos minutos más, yo decidí que ya tenía bastante, mucho más después de haber oído lo mismo durante los últimos seis meses, esa sarta de lugares comunes reconvertida en consejos me ponía enfermo. Me levanté del sillón para irme, cogí la chaqueta y Luis preguntó, “Dashiell, ¿Qué puedo hacer?....”, pensé en dar o no mi opinión, nunca había comentado nada al respecto desde que ella le dejó.

Caminé hacia él, le toqué la cara ligeramente y dije “Eres un tío de puta madre……” hice una pausa, “Eres genial y ella lo sabe, vas a estar ahí como el luchador que eres, esperando tu oportunidad.
Esta noche su novio la llevará a su apartamento, la tirará sobre la cama y le separará las piernas antes de metérsela despacio y profundamente, luego ella le arañara la espalda y pedirá que lo haga con fuerza, se pasarán la noche follando mientras los vecinos oyen el cabezal de la cama rebotando contra la pared” Luis trató de decir algo pero no pudo, tenía la expresión bloqueada, proseguí: “Eres un tío de puta madre, joder, la mereces de verdad, tal vez dentro de poco se aburra de su novio, ahora, probablemente, le desabroche la cremallera y le pase la lengua por la polla mientras sonríe y él gimotea, entonces su novio la agarrará del pelo para que se la chupe más rápido y ella lo hará con alegría” sonreí tiernamente y continué “joder, las personas valoramos eso, a la gente que está ahí, y tú vas a estarlo por si a ella le sale mal esa historia….eres un tío DE PUTA MADRE”.
Luis tenía la cara desencajada, Jaime y Roberto me miraron sin saber que decir, yo, por mi parte me despedí y caminé hacia la calle.

Dos semanas después encontré al compañero de piso de Luis en una cafetería, me saludó mientras se sentaba a la mesa y empezamos a charlar, él preguntó “Oye, ¿has visto a Luis últimamente?”, “Hace 15 días charlamos un rato” contesté. Sonrió como solo lo hacen las personas que van a hacer una confidencia…”No te lo vas a creer pero el lunes metió todas las cosas de sus ex en una caja y la prendió fuego al lado del balconcillo de la lavadora, tanto dar por saco con su ex y ahora de repente va y se enrolla con Ángela todo ciego, ¿Te lo puedes creer?”

“No”, respondí, “es sorprendente”.

Años después una llamada me despertaba en un hotel de Reykjavik, era Luis, invitándome a su
boda.