"Prison Break" en correos. Temporada 2.

Me miro en los azulejos de la pared del baño para cerciorarme que no es un sueño.
Decido volver a leerlo.

“Para una cita de amor entre hombres ven a este lugar el día...” la cifra está garabateada encima de una anterior , “....21 de abril a las 21:30”

No puede estar ocurriendo, miro el reloj del móvil, marca las 9:08 del 21 de abril, la jornada se ha extendido otra vez. Resuelvo subirme la cremallera y salir de allí, hay un ordenador al lado del cuarto de baño en el que los trabajadores pueden acceder libremente a Internet pero podría parecer que aquel que lo usase está esperando algo...algo que puede ocurrir en unos minutos en los retretes.
Ir al comedor es la mejor opción, tomar un café y probar algo de fruta para hacer que los minutos vuelen.


Craso error.

Camino por la estancia hacia la máquina de café, presiono el pulsador de “Capuccino” y mientras lo procesa me doy la vuelta, sentados en mesas diferentes se encuentran los dos tipos extraños que 15 días antes habían caminado casi a mi lado hacia los retretes, y apoyado en la pared un chico islandés muy joven y claramente homosexual.

Parece la cola de un casting para ser elegido nuevo miembro de los “Village People”.

Me dirijo a la cesta de la fruta y cojo un plátano, lo pelo hasta la mitad y doy un mordisco mientras miro por la ventana, aún hay luz natural en la calle, la equivalente a julio en el Mediterráneo.
Aparto los ojos de ese punto y vuelvo a orientarlos hacia el comedor, el chico joven islandés está también pelando una banana, gira la cabeza y hacemos contacto visual.

Le doy un mordisco a mi plátano.
Él le da uno al suyo mientras aguanta la mirada.

Me doy la vuelta, esto no está pasando, es pura sugestión, la mente crea interpretaciones sobre hechos que pueden tener significados muy distintos, trato de darle otro bocado a la banana pero rectifico.

A la puñetera basura.

“Si se sigue comiendo fruta en este lugar a más de uno le van a meter manzanas por el culo y le van a sacar sidra por la boca a pollazos”

Al carajo, me abrocho el chaquetón y salgo a la calle, a pesar de la luz el frío cala hasta los huesos.

¡Qué dura es la vida del proletario!

Surrealismo en la noche o los pingüinos y la democracia

Eran casi las siete de la mañana y estaba amaneciendo, Fabio caminaba a mi lado con las manos en los bolsillos de su chaqueta, mientras nos incorporabamos a la calle Hofsvallagata dijo:

“Buena noche, ¿no?”

Había sido un sabado muy interesante, realmente divertido, bajé la capucha del chaquetón y exclamé:

“Si, lo he pasado muy, muy bien, la islandesa que me has presentado me ha dicho si quería que fueramos a otro lugar..”

“¿Cómo?” dijo Fabio interrumpiéndome “¿Pero por qué no lo has hecho?”

“No era mi tipo ni física ni mentalmente” contesté, "y eso que cada vez le doy menos importancia a lo primero"

“And what?, qué más da, podría gustarte una mama”

“Nahh, eran unas tetas muy extrañas”

“No, tetas no, UNA MAMA!!!”

“Ahhh” dije comprendiendo lo que el italiano trataba de decir... “Fabio, mama es la que te hace los espaquetis cuando estás en casa, lo que tú preguntas es una mamada, o utilizando otros términos una chupada de garrotillo”

“Ahhh mamada, mamada” repitió para si mismo como guardando el término en su cerebro...

“¿Y en italiano como se dice?” pregunté

“Nosotros utilizamos la palabra pompino”, Fabio continuó hablando hasta que volvió a inquerir”¿Y por qué no dejaste que te hiciera una chuprada del garotello??”

“Nahh, todo eso son problemas, si una persona no te interesa para nada es mejor no hacerle perder el tiempo, tú no puedes entenderlo porque eres un Casanova italiano”

“Ma che diches!!!!” exclamó muy serio, “no puedes ser así Dashiell...el pompino es democrático, ¿acaso tú le niegas el saludo a una ragazza?, ¿acaso tú le niegas que te bese en las mejillas?.
El pompino es también un beso, un beso en la polla”

Traté de pensar sobre ello, cuando iba a decir algo Fabio volvió a interrumpirme.

“El pompino es democrático. EL POMPINO ES DEMOCRÁTICO, no lo olvides”.

“Oye” dije llamando su atención, “¿la islandesa con la que llegaste a estar te hizo mamadas?”

“Si, ella hacía unos pompinos muy bonitos, me hizo el pompino más bonito de mi vida”

Empecé a reírme, Fabio tenía formas extrañas de combinar la palabra española “bonito” pero la de hacerlo con felación era del todo hilarante.

Continuó...

“Nunca en mi vida me habían hecho algo así”

“¿Te chupó los cojones?” pregunté con curiosidad

“Me chupó los coglione, me chupó el bastoncello, me chupo la punta de la pilila..” dijo enumerando como un contable o un niño.

Me toqué la barbilla pensativo y pregunté “Fabio ¿tú crees que los pingüinos piensan en chupadas de garrotillo??”

“¿Cómo?” exclamó sorprendido

“Si, tú crees que los pingüinos piensan en ello? Quiero decir, están todo el tiempo por ahí nadando o haciendo footing en la Antartida y cada año llega la época de apareamiento y lo hacen igual que siempre, ¡¡¡ y son miles!!!, mi teoría es que muchos de ellos están hartos y piensan “¿Vaya rollo, no?” y les gustaría preguntarselo a las pingüinas, pero tienen vergüenza porque nadie lo ha hecho antes y a lo mejor está mal visto.

Fabio me miró anodado y dijo conteniendo la risa: “Pero no tienen palabras”

“Pero tienen el concepto en la mente” contesté “podrían señalarle a la pingüina el bastoncello mientras miran a los lados y luego le guiñan un ojo”

“¡¡¡¡Pero no tienen rodillas!!!” dijo Fabio

“Eso da igual, pueden tirarse en plancha, he visto en muchos documentales que suelen hacerlo.
Los pingüinos no son felices, yo no veo que tengan cara de contentos, necesitan nuevos alicientes, nuevas sorpresas”

Llegamos a Hringbraut, ya estabamos cerca de casa, aunque a partir de ahí debíamos caminar en direcciones opuestas.

“Buenas noches Dashiell” dijo Fabio “See you tomorrow”

“See you tomorrow” contesté al darnos la mano.

“El pompino es democrático, no es Berlusconi, recuérdalo siempre” fue la última frase que le oí decir mientras caminaba hacia su casa, cuando llegué a la mía me tiré inmediatamente sobre la cama.

Hemingway, su personaje, soñaba con leones...

Yo lo hice con pingüinos.

Crissy Moran y la condición humana

Llevaba trabajando en mi ordenador más de cuatro horas, ni siquiera un domingo es triste si se tiene algo que hacer.
Decidí que era suficiente, ya no pensaba con claridad.
Empecé a navegar por internet buscando alguna página porno interesante.
Nada, todo más de lo mismo: rubias farmatint con facciones de muñeca hinchable y pechos recauchutados.

Aparentaban lo que eran.


Deslicé el navegador hacia abajo con la barra lateral y vi su cara, estaba en lencería apoyada contra la mesa de una cocina, bajo la imagen había escrita una leyenda en inglés “Crissy Moran muestra su cuerpo de starlet”. Inmediatamente hice doble click en mi programa favorito peer to peer y empecé a descargar una de sus películas, tras ello volví a las fotos, había algo extraño en su cuerpo y en su cara: tenía estilo.


Mi mente se quedó dudando, cerré la ventana con las imágenes y abrí Google, tenía que buscar su biografía, algo que jamás me había planteado respecto a una actriz porno.
Tras entrar en varios enlaces la lectura de uno de ellos llamó mi atención, Crissy describía en él su vida de una manera inocente y brutal:
”...Siempre noté como los hombres se sentían atraídos por mí, incluso siendo muy joven...”

Seguí leyendo con interés, uno de los hijos de una pareja amiga de la familia empezó a acosarla, cuando ella lo contó en casa el chico recibió una paliza brutal a manos de su propio progenitor, Crissy creía que el adolescente no iba a sobrevivir a los golpes.

Su padre, un pastor protestante, empezó poco a poco a enloquecer, bebía todas las noches y al llegar a casa se comportaba de un modo violento y paranoico, la vida en su hogar se convirtió en una pesadilla donde cada nueva jornada era una lucha por mantenerse vivo, una lucha inquietante por no ser la próxima foto en la sección de sucesos.

Sus padres se divorciaron pero su vida no mejoró, Crissy recibía constantes llamadas de su progenitor preguntándole si aún era virgen o ya se había convertido en una zorra.
Empezó a perder la perspectiva, notaba como todos los hombres la miraban con excitación pero al mismo tiempo no podía verse en los espejos, su apariencia le resultaba horripilante.

A los 18 empezó a acostarse con chicos y tuvo un aborto.

Continué leyendo, uno de los párrafos era brutal en su crudeza:

“Solía tener noches salvajes en las que me emborrachaba para olvidar el dolor que recorría mi vida, me hacía daño a mi misma para comprobar si a alguien le importaba...
A nadie le importé”

Su inseguridad la llevó a sufrir ataques de pánico tras los que era ingresada en un hospital.
Empezó relaciones serias pero todas se rompían, acabó siendo la pareja de un tipo adicto a la cocaína y las drogas de síntesis, ella empezaría también a serlo.

Entró en la industria del cine X enganchada a varias sustancias y compartiendo su vida con un hombre paranoico (como su padre).

“Muchas de las chicas en el mundo del porno han sufrido abusos durante su infancia o adolescencia, solo buscan amor y aceptación, como yo....”

Cerré la página, me levanté de la cama y salí a la calle.

Pequeños copos de nieve flotaban empujados por el viento, eran como talco, como si alguien lo estuviera esparciendo desde las nubes.

Me ajusté la bufanda mientras caminaba.

Crissy Moran...Crissy Moran, esa noche podría ver una de sus películas, alguna en la que fuera humillada, en que la llamaran zorra, como su padre hacía.

Hay algo equivocado y nauseabundo en la condición humana, si existe un infierno todos arderemos en él.

Incluida Crissy Moran.

Me pregunté cuantos tipos formales, cuantos tipos aspirantes a recepcionista de hotel o interventor habrían matado por tenerla como novia, a cuantos habría rechazado por parecerle demasiado grises, demasiado planos y aburridos.

Alguien dijo: “Lo más trágico de fijar los ojos en el vacío es que él te devuelve la mirada”

Llegué a la calle Laugavegur y continué en dirección al distrito 105, las cafeterías estaban a rebosar, los amigos charlaban apaciblemente en ellas mientras las parejas de turistas se besaban.

Era agradable pasear por el centro.

No tardé en llegar a Hlemmur, la estación de autobuses de Reykjavik. Me detuve en la puerta, estaba llena de mendigos y desequilibrados, la clase de información que no se menciona en las guías turísticas.
Siempre se veían las mismas personas, las mismas caras de homicidas, los mismos gestos repetitivos e histéricos, como en un manicomio.

"No deja de ser irónico que las personas que nunca van a ninguna parte elijan para guarecerse las estaciones de autobuses" pensé.

Los hombres y mujeres que acudían a diario a Hlemmur estaban atrapados con sus propios demonios interiores.

De alguna manera me recordaron a Crissy Moran.

Correos y "Prison break"

Cuando me dijeron que la jornada había acabado miré inmediatamente el reloj: marcaba las 21:23 había trabajado casi media hora de más.
No importaba excesivamente, sobre todo en un país donde cada minuto extra es remunerado, pero había perdido el autobús y debería esperar hasta las 22:04 para tomar el siguiente.
Decidí quitarme los guantes y caminar con parsimonia hasta el cuarto de baño, dos de los tipos más raros de la empresa hacían lo propio detras de mi, su pinta era indescriptible, la definición andante de “extraño”.

Una vez en los retretes me ubiqué en el urinario de siempre, estaba ligeramente separado, como una pequeña habitación sin puerta, mientras lo utilizaba pude leer una inscripción en la pared:


“Para una cita de amor entre hombres ven a este lugar el día 7 de abril a las 21:30”


No había humor soez, nombres de personas a quien se pretendiese ridiculizar o números de teléfono, solo esas palabras.
En cualquier otro sitio del planeta habría pensado que era una broma, allí en correos nada me podía sorprender.


“El día 7 es mañana”, pensé, sería importante recordarlo para no estar en ese punto a la hora indicada, tras fijarlo en la memoria volví mi cabeza, uno de los tipos raros aún seguía allí, llevaba casi cinco minutos lavándose las dedos, lo hacía de una manera lenta y enloquecida.


Miré el reloj de nuevo, marcaba las 21:28 del dia 6 de abril.


Era imposible, murmuré, el día 6 de abril había sido ayer, HOY ERA 7, saqué el móvil con una mano para cerciorarme, claramente no indicaba un número par.


De todas las cosas que podían ocurrir en Islandia la última que necesitaba era que alguien me pusiese la mano en el hombro y me mirase a los ojos en esa posición.
La idea cruzó mi mente como un relámpago, no podía aceptar el riesgo de que me quisiesen descorchar el culo como si de una botella de Moët Chandon del 77 se tratase.


Aunque no había acabado, me subí la cremallera nerviosamente y a la máxima velocidad de la que era capaz.


Una de las monedas salió volando del bolsillo.
El tipo raro continuaba allí.


Yo me sentía como el preso al que le cae la pastilla de jabón en las duchas de la cárcel, no me paré a mirar el valor de la moneda, aunque hubiese sido una pieza de nueva acuñación valorada en 47 euros y medio la habría dejado oxidándose en el suelo.


Salí del baño como el ladrón que escapa de un banco: a toda velocidad y sin mirar atrás.


¿Quién dijo que Islandia no era la nación más feliz del mundo?

Vida nocturna en la ciudad III

Terminé de arreglarme, lo había hecho muy rápido, tan rápido que sobraba media hora, decidí perderla en el portátil.

Tenía un blog en internet e iba contando en él las cosas que me ocurrían en la isla, así que empecé a escribir una nueva entrada, decidí titularla “Vida nocturna en la ciudad III parte”

Continué:

Hacía un mes que estaba viviendo en esa casa de Reykjavik, una casa cercana a la universidad pública más grande de la isla.

Lo más importante del primer día sucedió justo después de comer.
Me dirigí a la cocina y busqué el friegaplatos para limpiar todo lo que había ensuciado, de inmediato empecé a recordar que nunca lo había traído, era una situación de emergencia así que traté de husmear si había alguna botella en los armarios.

Nada.

Me dirigí a mi habitación y abrí el neceser, tenía un frasco de champú Fructis, lo agarré con fuerza a la vez que olía su contenido.
Mientras limpiaba los platos, la acción más cara de ese tipo que había hecho hasta la fecha, el olor a naranja, mango, papaya, y lima recorrió e impregnó todo, era como recolectar frutas en un huerto pequeño y bucólico.

Ese viernes se cumplían 30 días de mi estancia allí, el momento adecuado para pasar un gran fin de semana volviendo a la cama con una sonrisa de oreja a oreja.
Abrí los ojos y miré el reloj viéndolo todo como a través de una difusa neblina, eran casi las ocho, me había quedado dormido.
Dí un salto y fui al baño, me observé en el espejo: aunque me había duchado el hecho de quedarme dormido había dejado mi pelo como el de un freak, intenté peinarlo, imposible.

Tomé el champú y abrí el agua para lavar mi cabeza, no quedaba nada dentro de la botella, ni una gota, comprobé el gel, tampoco.

Salí del baño para preguntar a mis caseros pero a la altura del tercer escalón recordé que se habían ido a pasar el día fuera.
Solo quedaba una solución posible, me dirigí a la cocina y agarré la botella de friegaplatos, esparcí un poco de su denso contenido en mis dedos y volví al cuarto de baño.
Cuando limpias tus cacharros con champú Fructis de Garnier la consecuencia lógica es que debas pagar esa atrocidad lavando tu pelo con Mistol.

¿Quién dijo que el Karma no existe?

Borré todo, frecuentemente recibía correos de lectores que me felicitaban por mi imaginación, pero que se empeñaban en destacar que no creían ni una palabra de lo que en él se contaba, era imposible, decían, que estuviera viviendo en Islandia y mucho menos que alguien hubiese roto con su vida de clase media para instalarse en un país remoto y empezar de cero.

Decidí no contar la historia del champú en el blog, no era importante y no parecía verosímil, a veces la realidad no lo es.
Seguí escribiendo, mis manos volaban sobre el teclado.

Fabio y yo habíamos salido hacia Solon, uno de los pubs más conocidos de la ciudad, no nos hiceron esperar en la entrada y pudimos pasar de inmediato.
El interior estaba lleno de chicas físicamente interesantes, aunque había un excesivo interés en aparentar ser la nueva Britney Spears, el ambiente era realmente bueno y la gente bailaba todo lo bien que un islandés puede ser capaz.

En ese momento me dí cuenta.

Llevaba un mes en la isla y no me había comido un pan tostado.

“Fabio, ¿Cuantas islandesas te has comido desde que estás aquí?” pregunté como para aportar nuevas pruebas para una teoría.

“Una”

“¿En más de medio año?”

“Si”

Una semana antes había conocido a dos españoles y un portugués que dieron la misma respuesta, aunque llevaban más tiempo que Fabio.

Tuve una anagnórisis, de nada servía el parloteo o el intentar ser divertido y ocurrente, mi manera preferida de conocer a una chica, aquí todo era más primario y físico:
O bien se disponía de un vínculo con la ragazza: trabajar juntos, ser erasmus, amigos, etc.. o bien había que decantarse por una de las técnicas más rastreras que la evolución del ser humano ha generado, la mítica técnica del baile.

Espantoso, horripilante, pensé.

Si hubiera querido bailar estaría en Cuba, los tipos duros no bailan, es algo que tanto Mailer como Chuck Norris saben perfectamente.
Había que bailar, no mucho, pero si lo suficiente como para agarrar a la chica y tras cinco minutos de pasos febríles, sacar las ametralladoras.

Islandia no era fácil.

Me acordé de la primera noche que había salido por la ciudad y no pude más que sentirme como el jugador que falla un penalty en el primer minuto de partido y posteriormente el tanteo sigue y sigue cero a cero.

La última Thule era una guerra de trincheras, tal vez con más posibilidades al cruzar ciertas líneas pero no dejaba de ser un lugar de balloneta calada, donde había que avanzar y avanzar sin que te dieran nada hecho.

Está bien, pensé, ¿Quereis una guerra de trincheras?...

Tendreis una.

Lugares comunes

Nada resulta más molesto que un cliché repetido hasta la saciedad cuando el que lo oye sabe que no es cierto, las ideas son como virus, escapan de un cerebro y se expanden mediante el lenguaje (del tipo que sea) hacia los cerebros de otros seres humanos y al igual que las epidemias, pueden ser atajadas a tiempo o extenderse como una mancha de aceite.

Últimamente no podía parar de oír a mi alrededor ideas planas que daban respuestas fáciles para problemas que no lo eran:

“Los islandeses tienen una gran calidad de vida porque sus políticos son honrados, la pena de muerte es lo único que puede acabar con la delincuencia, las empresas españolas están comandadas por explotadores por ello hay mileuristas, el neoliberalismo ha destruído Africa, los hombres y mujeres son iguales, los ricos son unos ladrones”.

Estaba harto de todo ello.

Cuando dije que las ONG estaban maniatando y destruyendo África tuve la sensación inmediata de que había sido un gran error abrir la boca, mucho más delante de veinte individuos de doce nacionalidades diferentes.

“Estoy de acuerdo” dijo Joseph , un suizo alto y delgado que no llegaba a los treinta.

La respuesta no pudo sorprenderme más puesto que él había sido misionero y había vivido en Tanzania..

Continuó:

“Al final del día una ONG es como una empresa, muchos de sus miembros tienen sueldos europeos, y la burocracia interna es mucho mayor de la que se necesita, pero eso no es lo más terrible, lo terrible es que son maquinarias de fabricación de personas dependientes”.
¿Qué podía añadir?, había tenido que instalarme a miles de kilometros para poder encontrar a alguien que pensase de una manera semejante.

África, un lugar de contrastes donde las naciones capitalistas aplican políticas basadas en la limosna y China implementa las únicas medidas neoliberales del continente, las que, curiosamente, están teniendo el mayor impacto en el crecimiento económico de esos países.

El mundo al revés.

Cuando se formaron los clásicos corrillos posteriores y alguien dejó caer que la pobreza de Sudamerica se debía a su horrible e inepta clase dirigente no pude dejar de mostrar mi desacuerdo, los políticos son meras manifestaciones de la sociedad en la que viven.
Había una gran diferencia entre Islandia y un país al que amo a pesar de nunca haberlo pisado: Argentina, esa diferencia se basaba en el populismo, o más exactamente en el éxito o fracaso electoral que los políticos populistas puedan tener.

En Islandia no solo nadie hablaba con grandilocuencia sobre “el pueblo” y la “la oligarquía” con un lenguaje peligrosamente mesiánico si no que ningún votante aceptaría elegir a alguien así.

“Eso es porque nunca han pasado hambre” replicó una chica de pelo rubio.

No era cierto, Islandia había sido un país pobre aunque, y esa era la realidad, con menos influencia de la plutocracia, en cualquier caso la afirmación funcionaba también en el sentido contrario, es decir, Chávez, Evo o Cristina Kirshner no solo eran consecuencia de las desigualdades si no que las desigualdades eran consecuencia, también, de ellos.
El populismo, ese arte de prometer aquello que se sabe que no se puede conseguir, ese prisma a través del cual todos los problemas complicados tiene una solución simple, era la razón de más peso, junto a las dictaduras de tintes fascistas, de la imposibilidad de comparar a Islandia con Argentina, y la culpabilidad de ese populismo no solo recae sobre aquel que lo ejerce...

Era una buena noche, seguía rompiendo clichés como el basado en la ausencia de asesinatos de género en Escandinavia (en realidad a la cabeza de Europa y con cifras mucho más altas que las de la península) o la igualdad sentimental entre hombres y mujeres.

Era divertido, de vez en cuando, ser un revolucionario de café, mucho más teniendo en cuenta que mi siguiente incursión en la vida nocturna de la ciudad me aguardaba en unas horas.

¿Podría seguir desmontanto tópicos?

Solo esperaba que uno de ellos no cayera.

Trabajo en el servicio Postal (parte II)


El jefe de grupo indicó una parada de veinte minutos, había tres por jornada, la última de ellas para cenar.
Todo el mundo caminó hasta los servicios para lavarse las manos, yo me quedé rezagado para comprobar la posición de los pueblos y las ciudades de Islandia en el enorme mapa que había en la pared.
Los trabajadores cruzaban por el pasillo situado a mis espaldas, un pasillo amplio que acababa afluyendo en la cafetería de la empresa, era allí donde con más fidelidad podía comprobarse la segunda advertencia que me había hecho Antonio:



“Los islandeses eructan, lo hacen en cualquier situación durante el trabajo”



Era cierto, ya fuese levantando un paquete, dando los buenos días, o simplemente yendo en silencio hacia otra sección, cualquier momento y lugar era bueno para dejar un eructo en el aire.
Había situaciones más sorprendentes dado que también podían hacerlo en el medio de una conversación, mientras degustaban un perrito caliente o a la vez que pagaban la cena de la cafetería.



Pero nada de ello podía compararse a lo que ocurriría segundos después.



Dejé el mapa y me dirigí en solitario a los servicios, en ellos dos piletas con dos monomandos, una de las mismas estaba vacía así que procedí a lavarme las manos, a mi izquierda un chico de azul y de unos 25 años hacía lo propio.
Abrí el grifo y presioné el pulsador del jabón, miraba su consistencia mientras lo extendía por los dedos, al masajearlos surgía espuma, una espuma blanca, inodora y de mala calidad.



Sentí un extraño sonido que provenía del chico de azul, era una ventosidad sin fuerza aunque extremadamente larga, yo seguía lavándome las manos pero también lo hacía el sonido, era un sonido monocorde, como una versión enloquecida del hilo musical de un ascensor.



El traqueteo cesó, aunque lo que vino después fue peor.



Un estruendo como el rúgido de un tigre siendo castrado salió de su culo, era como si un avión hubiese roto la barrera del sonido allí mismo.



Lo primero que pensé es que se había cagado.



No era posible soltar semejante bomba termonuclear y que la onda expansiva no hiciese salir disparados pequeños trozos de mierda, probablemente la punta del mojón le había garabateado la firma de “El Zorro” en sus calzoncillos o le había agrietado el esfínter.



A todo ello siguieron pequeñas detonaciones, como en una granada de fragmentación...Rak-tak-tak-tak-tak-tak, era como oír a alguien pisando nueces.



Desestimé el secarme las manos dado que el olor empezaba a aflorar y no era agaradable.
Volví al mapa, era impresionante ver el tamaño de los glaciares, una buena parte de la isla tenía nieves perpetuas, esa amable imagen se desvaneció cuando el chico de azul pasó por mi lado dirigiéndose hacia el comedor. Había sido un pedo mochilero dado que el olor le seguía a todas partes.


Le vi alejarse mientras trataba de despegar sus calzoncillos del ojete estirando de la parte trasera del pantalón, su pose era la de un joven Chaplin con ademanes de pato.



Bienvenidos al siglo XXI.

El pasado, tu pasado

Quedaban cinco semanas para que finalizase mis estudios en Madrid, esa era probablemente la última fiesta a la que iba a acudir en la ciudad.

Decidí emborracharme.


El piso era enorme y estaba lleno de gente charlando en los sofás de los dos salones, no menos de quince veinteañeros comportándose cívicamente, una sorpresa que merecía otro vodka con Sprite.

No conocía a nadie excepto a uno de los chicos que vivían allí y a su novia.
Me quedé sentado en una de las butacas, bebía en silencio sin prestar mucha atención a las conversaciones, cuando empecé a hacerlo, una chica con cara de miembro de una ONG preguntó al tipo que tenía frente a ella:
“¿Crees en Dios?”
Sin pestañear y modulando la voz contestó “Creo en una energía, pero no creo en la iglesia”
Había tenido suficiente, me serví más vodka y fui al otro salón a husmear.
Pablo estaba con su novia y tres tipos más, hablaban entre risas mientras iban compartiendo un porro.


Me vio entrar, sonrió y dijo: “Quieres una calada?”.


“No, gracias” contesté, “con una droga es suficiente”.


Di un sorbo largo al vaso.
Hablaban de política y de cómo las empresas habían arruinado África, cualquier otra noche podría haber intentado discutir sobre ello pero en esa en concreto me importaba muy poco el hambre en el mundo.
Yo solo tenía sed, y esa sed no se aplacaba con agua.
Di otro trago, era la tercera copa que tumbaba.
Me serví la cuarta, primero el alcohol, luego busqué el refresco en la mesa.
Solo había coca-cola.
“Alberto, ¿queda más Sprite o Ginger Ale?” pregunté.
“Mira en la cocina, seguro que hay algo”
Me levanté de la silla y crucé el pasillo, había dos gays dándose el lote y obstruyendo el paso, los franqueé y seguí avanzando.
Dudé si era la puerta correcta, la abrí despacio, solo un poco, vi la nevera al fondo y entré.
Detrás de mi oí hablar a unas chicas, reían y cantaban a dúo.
Había una botella de Ginger Ale, me serví y cerré el frigorífico mientras sonreía, al volverme las vi abrazadas mientras continuaban cantando, tenían cara de ser todo lo felices que alguien puede llegar a ser, se separaron y dieron dos pasos hacia mi, al hacerlo pude ver a una tercera chica detrás, callada, observando a las otras dos, vestía una falda de tela azul y una camiseta roja.
Estaba inmóvil, sentada en altura sobre la placa de mrmol de la cocina.
Su cara era de facciones suaves, y el pelo negro contrastaba con la palidez de su piel.
Pero eran sus ojos lo que llamaba la atención, eran demasiado claros, más que azules, celestes, celestiales. Eran ese tipo de ojos que uno no puede dejar de mirar, si se ven en el metro, en el autobús, en el cine o en la calle uno tratará de observarlos de nuevo, furtivamente, como para no ser detectado.
Era como ver a una chica de pechos rotundos, imponentes, la mirada, con mayor o menor discreción, no puede dejar de repetirse.
Las chicas que cantaban se pusieron delante de mi.


“Somos lesbianas” dijo la más delgada.

A mi me importaba tres cojones si lo eran o no, solo podía mirar esos iris.

“Muy bien” dije

Bebí un sorbo de vodka, pensé en hacer un ataque envolvente, manteniendo la conversación con las lesbianas ficticias para luego cambiar, en el momento adecuado.
“Muy visto” pensé.
Las chicas siguieron hablando pero aunque las miraba no les prestaba atención.


“¿Te gustaría ver cómo nos damos un beso?, ¿A que si?, los tíos sois unos guarros” dijo la más delgada otra vez.


“Sí, me gustaría, pero no quiero que tu novia se ponga celosa porque, por primera vez en tu vida, estás delante de un hombre de verdad, perdonad”


Las rodeé dejándolas atrás y me dirigí directamente a la chica de los ojos azules, sus piernas colgaban inmóviles desde el banco de la cocina.


“Hola, ¿Cómo te llamas?” pregunté.


“Lucía” dijo con tranquilidad


“¿Y tú?”


“Dashiell”


Ahora que la tenía a menos de un metro podía apreciar mucho más el magnetismo de esos ojos, era como verse arrastrado, como levantar el tapón del fregadero y ser empujado por el agua.
Me sentía agua.


“¿Eres amiga de Pablo?” continué.

“Bueno, soy amiga de su novia” dijo mientras se pasaba la mano por el pelo.

“Entiendo...” dije susurrando para mi mismo.
Di un salto y me senté a su lado, no quería mirar esos ojos.

“¿Nunca te ha ocurrido?”

“¿A qué te refieres?”

“Quiero decir, ¿nunca has estado en el metro y has visto a alguien con un defecto físico horrible?, sabes que no es adecuado mirar pero intentas hacerlo a hurtadillas”

“Si, es cierto, siempre ocurre, es espantoso”

“Tú eres igual que esas personas, ¿nunca te lo han dicho?”

Arqueó una ceja y me miró sorprendida: “¿Por qué me dices algo así?”

Continué mirando al frente, “Porque tienes los ojos tan azules y tan claros que es imposible apartarse, son como los faros de un coche lanzándote luz a la máxima potencia, no puedes ver nada más y baam..” chasqueé los dedos “...estás atropellado”
Giré el cuello hacia ella y la miré, la tenía a 15 centímetros.

“¿Estás de acuerdo conmigo?”

Ella intentó decir algo, pero movió la cabeza como corrigiendo la frase y exclamó:

“No lo sé”, hizo una pausa y continuó “ A veces me han dicho que mis ojos son bonitos pero nunca...”, hizo una segunda pausa...”no sé qué decir”

Di un salto y me puse de pie, “Entonces no digas nada”, sonreí.

Caminé hacia la puerta de la cocina y sin volverme dije: “Conduce con cuidado..”

Las siguientes horas no hablé con ella, ella y yo estábamos en conversaciones distintas, esperé a que el alcohol hiciera su efecto, a las cinco se levantó del sofá con un martini en la mano y se dirigió a la cocina.

A los 10 segundos me levanté también.

Al llegar estaba abriendo la nevera, cogió hielo y dijo “¿Me estás siguiendo?”.

“No, solo quería que me iluminaras el camino, el pasillo estaba muy oscuro”, contesté,
La oí reír.

“¿Siempre eres tan ocurrente?”

“Puedo serlo más, aunque he de estar cerca para eso”

Di un paso hacia ella, tenía que besarla.

Acaché la cabeza....

“¡¡ Lucía, vámonos !!”oí gritar a la novia de Pablo detrás de mí.

“¿Qué ocurre?” preguntó ella...

Marta empezó a llorar violentamente, un drama de pareja, el tercer drama del mes, a las cinco de la mañana lo dejaban para siempre, dos noches después estarían abrazados viendo una película de Meg Ryan en el sofá, tapados con una manta.
El peor momento para un dramón con sus confidencias a las amigas.
Salí de la cocina y fui a hablar con Pablo, esta era la definitiva, “la rotura definitiva”, me dijo maldiciendo a Marta.
Ese era el momento, pensé en los ojos azules.
Pablo se tranquilizó y yo salí a buscar a Lucía.
No estaba, se había ido del piso acompañando a su novia.

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La semana siguiente la vi dos veces, hablamos un poco, nos buscábamos, me sentía enrojecer cada vez que iniciaba una conversación, los rastros de timidez que siempre había arrastrado eran patentes, aunque el alcohol los maniatara no podía beber como aquella noche todos los días.
Avanzaba poco a poco, la segunda semana hablé más con ella, le pedí el teléfono y noté que se alegraba de que se lo hubiese preguntado.
Siete días más y empezamos a bromear, quedamos juntos para ir al cine...pero no sabía que me ocurría, estaba atenazado no podía intentar besarla, los días pasaban y sentía como esos ojos azules iban atropellándome a diario, me sorprendía pensando en ellos mientras hacía otras cosas, mientras caminaba solo por otros lugares.
Busqué trabajo para quedarme en Madrid, ya no quería volver, dos semanas después pude encontrar uno, no era un gran sueldo pero me permitiría pagar el alquiler y sobrevivir, me permitiría ganar experiencia en algo relacionado con mis estudios.
Mi padre trató de convencerme de que no lo hiciera, no valía la pena estar lejos de casa con un sueldo tan raquítico y pagando un alquiler.
No le hice mucho caso, acepté la oferta, entraría a trabajar en quince días.
Llamé a Pablo y se lo dije, él y Marta me invitaron al piso de ella, iban a celebrar allí el cumpleaños de su primo, un tipo con pinta de surfista y pelo rapado que cada dos por tres se empeñaba en enseñar los abdominales y que ya había venido alguna vez con nosotros.
“Genial” dije, esa era la ocasión.
Estaba tranquilo, confiado, a pesar de mi timidez, a pesar de que los últimos días no había mostrado lo que me gustaba Lucía un momento así era el que marcaba la diferencia y hacía que una partida se decantara.
El día del cumpleaños esperé otra vez a que fuera avanzando la noche y el alcohol corriera, yo apenas bebí, no lo necesitaba, estaba decidido.
El surfista, Sergio, hizo unas cuantas bromas graciosas y todos le entregaron los regalos, la gente bailaba y se abrazaba.
Decidí que a partir de las cinco era el momento.


Vi a Lucía estaba hablando con Sergio, llevaban media hora haciéndolo, caminé hacia ellos para meterme en la conversación y darme pie para quedarnos solos.
“De regalo te quiero a ti”, fueron las primeras palabras que escuché decir a Sergio a Lucía al acercarme.

Estaban bebidos.

La cogió de la mano y caminaron hacia la habitación, ella giró la cara y me miró.

Nos miramos.

Lucía estiró del brazo de Sergio y le hizo parar, seguíamos mirándonos los dos allí.
Debía caminar hacia ella, me pedía un gesto.

No lo hice, solo me quedé parado, inmóvil.

Treinta segundos más tarde di media vuelta y me marché, salí a la calle, caminando hacia mi casa, diez minutos después de empezar a hacerlo miré a los lados, me di cuenta que lo hacía en la dirección opuesta, corregí el error y apreté el paso.

La semana siguiente, el viernes, Pablo me llamó para preguntarme si quería ir con ellos al cine.

Di una excusa, lo mismo que para el sábado y el domingo.

En el móvil, tenía tres mensajes y siete llamadas de Lucía.


Los borré.


Mis padres me llamaron y volvieron a insistirme en que me replanteara lo de quedarme en Madrid.


“Lo he pensado, he hecho números y no vale la pena, voy a volver” dije


“Hijo, debes valorar que tengo más experiencia en la vida que tú y que cuando te doy un consejo lo hago buscando lo mejor para tí” apostilló mi padre.


“Lo sé”


El viernes siguiente volvía a casa así que el miércoles y el jueves me fui despidiendo de todas las personas a las que esos años en la capital me habían unido.


Recibí una llamada de Pablo, era el único al que no había ido a ver, insistió en que fuera a su casa, me dijo que no me perdonaría si me iba sin decirnos adios y darnos la mano.


Cogí el metro y me dirigí al centro, al día siguiente todo eso quedaría atrás pensé, Madrid, la línea verde, el Retiro, los churros de la Chocolatería San Ginés, el Palacio Real, las tardes tirado en el césped del Templo de Debod, las tapas y los vinos en la plaza de Santa Ana, las noches en Huertas, las películas en versión original del Cine Doré...


Quedaría atrás, todo quedaría atrás.


Llegué al edificio y subí las escaleras hasta la primera planta.
Marta y Pablo me recibieron, fueron muy amables.


“Aunque a veces seas un cabrón te quiero como a nadie tío, espero que mantengamos el contacto."


Marta me dio dos besos y se fue a la cocina, un minuto después se fue Pablo con la excusa de comprobar que estaba haciendo.
Sabía lo que me esperaba, lo supe desde el momento en que me habían hecho ir allí.


Me levanté, no podía culparles.


Lucía estaba detrás de mí, noté su presencia, siempre se nota a alguien cerca de uno aunque intente no hacer ruido.


Me giré hacia ella


“Hola Lucia” dije sonriendo


No había nada que desease menos que oír explicaciones.


Pero me sorprendería, solo caminó hacia mi y me abrazó, me abrazaba aunque yo no la abrazaba a ella, me abrazó con fuerza mientras yo seguía inmóvil, mi mirada se desenfocó, como cuando una persona se queda observando el infinito.


Noté mi cuello mojándose.


Lucia estaba llorando, era la primera vez que veía, que sentía a alguien llorar en silencio, sin el más mínimo susurro, sin esas pequeñas respiraciones bruscas y entrecortadas, solo lloraba mojándome la piel.


“Te quiero” dijo


Las palabras se quedaron en el aire un instante, un instante que pareció eterno.

Sentí un océano dentro de mi. No podía abrirse la más mínima grieta en la presa.
Me solté con frialdad y salí, no dije ni una palabra, no tenía sentido hacerlo.

Caminé por la calle, no oía nada, no oía los coches, las risas, el traqueteo de los trabajadores o las puertas de los negocios abriéndose y cerrándose, solo caminaba, caminaba sintiéndome la única persona en la ciudad, caminaba con una expresión vacía y plana.


Estaba en Reykjavik, la vida era un lugar extraño, cada una de las decisiones que se toman cambian las siguientes, un detalle, una acción, decir algo o no hacerlo, todo lleva a un lugar, todo va influyéndote y pasa a formar parte de ti.
Lo bueno, lo trágico, lo brillantemente inolvidable todo va empujando tu vida hacia el futuro, sin saber la dirección, un pequeño cambio y todo sería distinto, tu vida no sería lo que es.
Estaba en Reykjavik yo era mi pasado y mi memoria, lo era porque de una manera o de otra habían hecho que estuviese allí.


Como cada uno de nosotros.

                                                                                                                                                    

Trabajo en el servicio postal (Parte I)


Correos era la primera empresa de mi lista en la que buscar un empleo, primordialmente debido a que tiempo atrás había valorado la posibilidad de trasladarme al país para trabajar en una empresa privada del mismo sector.
Intenté averiguar algo de información sobre ella a través de su web y la de Eures pero los datos eran escasos, por suerte, Antonio, el único español que conocía en la isla, había trabajado allí durante un año.
Antonio era un chico moreno con cara de científico, la clase de persona que cae bien a la primera.
Hablamos varias veces y me sugirió que me presentase en la empresa preguntando por la responsable de recursos humanos.

Y así lo hice.

La mala suerte quiso que no estuviese presente en el momento en el que visité la compañía con lo que la recepcionista se limitó a hacerme rellenar una hoja de solicitud de empleo, algo a lo que procedí a lentísima velocidad con la esperanza de poder ver aparecer a la directora de personal.

No ocurrió.

Unos días después la llamé por teléfono para interesarme por el resultado de mi petición de trabajo.

“¿Conoces a alguien en Islandia?”, preguntó la responsable de recursos humanos a modo de referencia.

“Conozco a Antonio, trabajó en la empresa hasta hace poco” contesté.


Dijo algo sobre él que no entendí (como la mitad de la conversación posterior) y se despidió diciendo que volvería a llamarme.


Me acaricié los labios con el móvil y di dos pequeños golpes con él contra mi cara.
No sabía si la mujer me había despejado o eran ciertas sus palabras.
Antonio me telefoneó y le conté la conversación.


“¿Quieres que la llamé?” dijo con tranquilidad.


Me sorprendió su gesto, no tenía por qué hacerlo, era el típico detalle que hace que valores a alguien y que esperes devolverle el favor si la ocasión se presenta.


“Esperemos dos días, si no me llama en ese plazo te agradecería enormemente que la telefoneases”.


Pasaron tres y no recibí ninguna noticia así que Antonio llamó a la jefa de personal y después hizo lo propio conmigo, me dijo que por ahora no necesitaban a nadie pero que tal vez si en una semana.
Le volví a agradecer el gesto mientras me deseaba suerte.
Unos días más tarde, mientras me encontraba tirado en el suelo de mi habitación dolorido y debilitado recibí la llamada de la responsable de recursos humanos en la que me pedía que acudiese a una entrevista con ella.


Había conseguido el empleo.


“Correos está lleno de gente rara” dijo Antonio


“¿Rara?, ¿En qué sentido?”, pregunté con curiosidad.


“Rara, simplemente rara”, apostilló.


No hizo falta más de quince minutos en la empresa para comprender cuanta verdad había en esas palabras, desde la manera de vestir, el peinado, la forma de caminar, de mirar, de reir, los empleados de correos eran auténticos tipos extraños.
No eran freaks ni miembros de tribus urbanas, eran tipos raros, uno podía quedarse minutos viendo esas inusuales cabezas o cortes de pelo, esa forma de balancearse, había algo anormal en todo ello.


Tras los dos primeros días de trabajo apareció él, no le había visto antes.


Se acercó a mi mientras yo trataba de dejar un paquete en el lugar correspondiente a Husavik y me lanzó un puñetazo a cámara lenta que pasó a 10 centímetros de la barbilla.
Le miré extrañado mientras telegrafiaba el gesto.
Seguí haciendo mi trabajo, él, Snorri, era la única presencia islandesa a ese lado de las máquinas, el equipo lo completaban dos alemanes, un irlandés y yo.
Uno de los sacos estaba lleno de paquetes, lo desenganché de su ubicación y procedí a pesarlo en la balanza y a imprimir su targeta identificativa en el ordenador para luego cerrarlo.
Lo hice con fuerza. Snorri estaba junto a mi haciendo lo propio con el suyo, una saca del código 470.

Volvimos al otro lado de las cintas, los paquetes avanzaban arrastrados por el movimiento de los rodillos, Snorri caminó hasta el más grande y pesado, hizo ademán de cogerlo pero lo empujó dejándomelo a mi y siguió paseando sin rumbo fijo mientras husmeaba los paquetes como una comadreja.
Uno de los tipos del otro lado de las cintas me tocó el hombro.

Me volví hacia él.

“Dashiell, esta no es la forma correcta de cerrar los sacos, los sacos han de sellarse con fuerza, estirando del cordón por la zona rugosa”


Vi el código, el 470.

“Lo siento, trataré de no volver a equivocarme”.


Seguimos clasificando los paquetes, otro de los sacos volvía a estar lleno así que me dirigí a la balanza para pesarla, allí estaban Snorri y uno de los alemanes.
Snorri empezó a apretar botones de la balanza electrónica, en lugar de 0 empezó a marcar menos 16 Kg.


“Está rota” dijo el islandés, el alemán protestó, “No, no está rota, la has tocado y por eso ahora no funciona bien, no digas que no, estabas a mi lado haciéndolo”
“Está rota” volvió a repetir.


Uno de los encargados pasó cerca de nosotros, el alemán dijo: “Hey, Snorri, llama a Gunnar”.
Snorri no contestó, nos dimos la vuelta para mirarle.


Ya no estaba allí, se había ido a las cintas.

Llamamos a Gunnar y le explicamos que teníamos un problema con la balanza, vino resoplando, aunque sin decir nada y empezó a calibrarla.
Volvía a marcar cero.

Los paquetes empezaron a llegar con una cadencia mucho más rápida, las cintas estaban atascadas por el volumen de cajas que se apretujaban unas contra otras, volabamos llevándolas a los emplazamientos de sus códigos.
Snorri alzó la voz.


“EH”

“EH”


Los cuatro dejamos lo que estábamos haciendo y nos acercamos a él, sostenía un pequeño paquete como un juez de la horca sostiene una biblia, mientras lo alzaba dijo en tono solemne:


“Alguien ha cometido un error, este sobre no debería estar en el vagón de Reykajik particulares, su sitio correcto es Reykjavik empresas”


Dió un pequeño golpe contra el metal de la jaula.

“Es importante, recordadlo”.