"¿Qué hombre no se acostaría conmigo?"

Noté que ella quería hablar seriamente.

"¿Te importa que nos sentemos?" dije mientras señalaba uno de los bancos.

"No, me encanta la plaza de Santa Ana" contestó Silvia.

Era de noche pero las calles estaban llenas a rebosar, podía sentirse el ambiente cosmopolita y multiétnico que impregnaba la ciudad convirtiéndola en un enorme crisol de razas y culturas, una ciudad llena de vida, ruidosa y excitante...

"Me gusta Madrid" espeté

Ella no dijo nada, solo se miró las manos y tras unos segundos exclamó "Hace ya 6 meses de los atentados de Nueva York...es increíble cómo pasa el tiempo..."

"Si, lo es" añadí tratando de averiguar mentalmente cuál iba a ser el objeto real de la conversación.

"Todo el mundo sabe dónde estaba ese día, ¿Tú te acuerdas?" preguntó mientras me miraba fijamente.

"Por supuesto" respondí

Silvia aparto de nuevo la vista y sin poder ocultar su acento embriagado dijo "A veces no nos damos cuenta de lo afortunados que somos..."

La conversación era cómo correr en círculos, como perderse en un bosque y sentir, tras dos horas que se ha vuelto, de nuevo, al punto inicial.

Decidí no forzar la charla, solo dejar que hablase de lo que quisiera, por suerte, quince minutos después y aprovechando que el diálogo había derivado hacia el tema de la amistad, Silvia empezó, por fin, a ser sincera.

"¿Puedo confiar en ti?"

"Claro" contesté

"Te considero un buen amigo...esto es muy personal....no me van muy bien las cosas" hizo una pausa y añadió "mi novio se puso anoche a llorar, no pudo...ya sabes..."

"Eso ocurre" dije intentando evitarle tener que dar más explicaciones.

"Lo sé, pero siempre pasa, nunca es capaz de hacerlo"

"Tal vez está estresado o simplemente necesita acudir a un médico" apostillé observando lo obvio.

Silvia me miró de nuevo y acercó sus labios, yo moví la cabeza hacia atrás manteniendo la distancia, no quería nada con ella, era el modelo de persona exactamente opuesto a mis gustos.

"¿Qué te ocurre?" preguntó.

"No puedo hacerle esto a Miguel" dije poniendo cara de preocupación.

"Tú apenas le conoces" dijo ella con un tono ligeramente agresivo.

"Eso no importa, para mí es un amigo", en realidad el tipo era un completo mentecato pero era la mejor excusa que podía darse

Silvia se levantó del banco y comenzó a llorar, mientras lo hacía, con la cara enrojecida por la furia y las lágrimas lanzó un racimo de preguntas retóricas: "¿Qué ocurre contigo?...¿Qué clase de hombre le dice "no" a una chica a la hora de un polvo?"

Mi cerebro disparó inmediatamente la respuesta: "¿Tú novio quizás?", pero fue interrumpida al llegar a la aduana de la lengua, en esas circunstancias decidí limitarme a seguir callado aguantando el vendaval.

Volvió a la carga: "¿Acaso eres gay?, ¿Crees que los demás hombres de esta ciudad no querrían estar conmigo?, ves ese tipo de ahí" dijo mientras señalaba a un mascachapas "ese seguro que me llevaba a su cama toda la noche".

El tipo al sentirse nombrado vino hacia nosotros con expresión asesina, demasiada coca y speed en el cerebro le hacían mirar a su alrededor de forma pendenciera, parecía un recluta buscando el enfrentamiento en una taberna.

"Estupendo" pensé "Realmente estupendo....."

Al llegar a un metro del banco clavó su mirada en mis ojos y levantando uno de los brazos empezó a gritar con el característico acento de los barriobajeros de Madrid:

"¿Qué coño estaba diciendo tu puta ?...¿Os reíais de mi?"

"Yo no soy su puta ni la de nadie, imbécil" dijo Silvia interviniendo entre nosotros y empeorando las cosas.
Pensé en cómo salir de todo aquello sin ver mi cuerpo amoratado, nada es peor que irte al infierno por alguien que no merece tu respeto.
Traté de excusarme pero el tipo me interrumpió...

"¿Te crees que soy gilipollas?, puedo partirte la cara a patadas si me tocas los cojones y la guarra de tu novia no para de hacerlo"

Apretó los dientes y la llamó puta con rabia, lo hacía para provocarme, el mascachapas deseaba que mi ego masculino corriera a defender el honor de Silvia.

No iba a ocurrir, en lugar de ello pedí excusas de nuevo con tono pacífico.

"Lo siento"

"Más te vale, capullo" dijo poniendo su cara a un centímetro de la mía, tras ello dio media vuelta y se marchó.

El recuerdo de esa anécdota saltó en mi cerebro al abrir las puertas del Café Cultura de Reykjavik, nada más entrar una pareja de extranjeras se tiraba del pelo con otras dos chicas en una "melé" a cuatro realmente espectacular, parecía una lucha de "Pressing Catch" en la que los cuerpos se movían rebotando de un lugar a otro.

Yo no podía salir de mi asombro...

Se añadía a la lista de botellas rotas en la cara, puñetazos y refriegas, especialmente a última hora de la madrugada, el 1011 del centro (una especie de supermercado islandés 24 horas) había multiplicado en 2 años su personal de seguridad, el uso masivo de drogas se apreciaba en las caras, no era diferente a Barcelona o Madrid.

"El sábado entró un tipo con la ceja partida" me dice uno de los cajeros "se puso a dormir apoyado contra la barra donde la gente lee las revistas así que le pido que se marche..¿sabes qué hizo?....me contestó que estaba comiendo, que no podía echarle y empezó a tragarse el periódico página a página....."

La globalización no es una consigna vacía.

Todos los lugares del mundo son el mismo lugar.

Trabajo en el servicio postal (parte III)

Miré el reloj, solo habían pasado 45 minutos desde que había empezado la jornada, una jornada aburridisima debido a la baja cadencia de paquetes.
Camino como un autómata dirigiendome de código a código, lanzando los sobres en cada una de sus jaulas:

Reykjavik, Akureyri, Vik, Isafjordur, Vestmannaeyjar, Akranes...

Al final del día habré caminado entre 12 y 15 kilometros.

Continúo:

Selfoss, Reykholt, Gardur, Keflavik...

Alguien grita desde el otro lado de las cintas mecánicas, uno de los alemanes me mira y dice
"Hay reunión, tenemos que ir a las oficinas".

Era la primera vez que tenía una en Islandia.

Camino hacia la sala y me siento junto a Michael, un irlandés que trabaja en el mismo equipo, la puerta se cierra y Helga, la responsable de nuestra sección, nos saluda.

"Góðan dagin"

"Góðan dagin", responden al unísono todos los trabajadores, tras ello inicia una aplicación PowerPoint con un texto en islandés y empieza a comentarlo:

"Tiriki puroszriek mirmuni zomojor amoljhasd...rokokok rokokok rokok mirmuni zomojor amoljhasd...rokokok rokokok rokokmirmuni zomojor amoljhasd...rokokok rokokok rokokmirmuni zomojor amoljhasd...rokokok rokokok rokokmirmuni zomojor amoljhasd...rokokok rokokok rokokmirmuni zomojor amoljhasd...rokokok rokokok rokokmirmuni zomojor amoljhasd...rokokok rokokok rokokmirmuni zomojor amoljhasd...rokokok rokokok rokokmirmuni zomojor amoljhasd...rokokok rokokok rokokmirmuni zomojor amoljhasd...rokokok rokokok rokok"

La reunión era como asistir a una clase avanzada de matemáticas viniendo directamente del parvulario.

Mi mente desconectó como la de un alumno que solo aparenta estar prestando atención, era un Homer Simpson viajando imaginariamente por su maravilloso mundo del chocolate.

Pensé en helados, apenas había sofisticación en ellos, siempre los mismos sabores: chocolate, vainilla, fresa, nueces... se necesitaban cambios, invertir en I+D, crear nuevos conceptos, introducir nuevos productos, como por ejemplo Espagueti Cabonara Ice Cream, Sauerkraut Ice Cream o Callos a la madrileña Ice Cream... Häagen-Dazs y Ben & Jerry debían ahondar en esos caminos, cuzar esas fronteras.

Volví en mi, habían pasado 25 minutos pero la reunión seguía:

"Tiriki puroszriek mirmuni zomojor amoljhasd...rokokok rokokok rokok mirmuni zomojor amoljhasd...rokokok rokokok rokokmirmuni zomojor amoljhasd...rokokok rokokok rokokmirmuni zomojor amoljhasd...rokokok rokokok rokokmirmuni zomojor amoljhasd...rokokok rokokok..."

De repente Helga cerró la presentación PowerPoint y puso un vídeo, en la pantalla aparecieron imagenes de bromas extraídas de alguna cadena norteamericana, todos empezaron a reír, yo no entendía absolutamente nada de lo que ocurría ni por qué estabamos perdiendo el tiempo con el equivalente a "Vídeos de primera" de la NBC.

Las imagenes cesaron y Helga nos dijo adios, miré el reloj de nuevo, habían transcurrido 4o minutos desde el inicio.

Volvimos al trabajo, poco a poco la cadencia fue mejorando y el día empezó a avanzar, aunque yo seguía comportándome como un robot,seguía caminando de objetivo a objetivo, del 101 al 900, de A hasta Z, cerrando las jaulas, pesando las sacas, consiguiendo que la actividad hiciese volar las horas para poder volver a casa.

Snorri se acercó a mi.

"Dashiell, ¿sabes qué me ha dicho Samus?"

Sin esperar la respuesta espetó:

"Me ha contado que ayer se hizo una paja en los lavabos"

"Ok, que la disfrute" exclamé mientras caminaba hacia otro paquete.

Snorri me siguió, se puso a mi lado y mirandome fijamente susurró:

"Dice que es el mejor lugar para hacerse pajas de Reykjavik"

"No lo dudo" contesté.

Me fui hacia el otro extremo de las cintas y mi mente volvió a evadirse alejándose de los números, los sacos y los sobres...

Homer Simpson empezaba a saltar de nuevo entre frondosos árboles de chocolate.

Una cola cualquiera

Entré y tras coger número me puse a la cola.
Tres meses atrás veía en los noticiarios a centenares de inmigrantes amontonándose a las puertas de la Secretaría de inmigración en Madrid, esperando su turno para que un aburrido funcionario les cuñase el impreso X34 para después llevarlo a la ventanilla Mziq7 y hacerse con el resguardo que debían obligatoriamente conseguir a fin de poder tener cita para que se aceptase estudiar su petición de residencia en el país.

Imagenes de humildad, de pobreza, de ilusiones, imagenes de gente que meses después conseguiría sacar adelante a sus familias en sus países de origen, enviando dinero ahorrado mientras viven como ratas en un piso compartido del extrarradio, imagenes de mujeres y hombres que tendrían una aventura con los solterones del pueblo en el que recolectan fresas, imagenes de futuros atracadores, de futuros residentes en Alcalá Meco con pensión completa...

Meses después estaba entre ellos, veía las mismas caras, los mismos peinados grasientos con mechones incontrolables, las mismas americanas raídas, los mismos tatuajes de saldo asomando a través de camisetas falsas de Calvin Klein: la fealdad de la pobreza, al fin y al cabo.

Oigo al hombre situado delante de mi hablando en español, tiene acento argentino o uruguayo, y se dirige a una cuarentona islandesa que le acompaña.

"Estoy desesperado, los papeles para conseguir la nacionalidad española no avanzan, me tienen meses esperando...", "en mi país también tenemos esa misma gente vaga en los empleos públicos, no trabajan apenas y acaban ralentizándolo todo: es la cultura latina"

Se gira y me pregunta en inglés si es la cola correcta para pedir información sobre permisos de trabajo y residencia.


"Yes, it is" contesto.

"Thanks", dice dandome las gracias y vuelve a hablar en español con la islandesa.

"Es lo malo de un país con tradición italiana y española como el mío, se hereda una cultura de la vagancia".

Había oído en España a muchos extranjeros quejándose de la misma manera de la burocracia ibérica, no se daban cuenta que no era un problema de desidia, si no un laberinto diseñado ex-professo para que abandonase el mayor número de solicitantes posible.

Una manera más de poner difíciles las cosas.

Dejo de escucharle, solo puedo pensar en la semana anterior.

"Los polacos dan ganas de vomitar", me dice una chica islandesa mientras se pone los dedos en la boca para imitar el gesto, está completamente borracha, jamás habría dicho algo así sobria, no en una sociedad tan respetuosa como la de la isla.

Había escuchado frases semejantes antes de llegar, solo que de labios de españolas y españoles, los mismas personas que al día siguiente estarían colaborando con una ONG o llamando racista a un compañero de universidad durante un encendido debate.

El alcohol es un polígrafo liquido.

Seguía en la cola, pero era un afortunado, aún así no pude dejar de preguntarme si, tal vez, en algún lugar, mientras paseaba, mientras sonreía tratando de ser amable o mientras volvía desaliñado del trabajo alguien me miraba sintiendo naúseas.





El miedo

El tronco tenía 12 metros, la altura de un pequeño edificio de tres plantas, subí por él rápidamente apoyando mis manos y pies en las agarraderas metálicas, al llegar al último paso, al último escalón, no había posibilidad de asirse a ningún lugar solo mantener el equilibrio con una de las piernas mientras la otra se balanceaba en el vacío intentando tomar la cima.

Estaba atado con dos arneses, pero el terror seguía allí, no era una cuestión de habilidad, ni de técnica, dar el último paso y escalar hasta el pequeño vértice del tronco era una cuestión de enfrentarse a tus propios miedos.

Intenté levantar una de las extremidades, mi cuerpo se mantenía sostenido exclusivamente por mi pie derecho.
La madera empezó a agitarse empujada por mi peso, sentí el miedo y la adrenalina abriéndose paso por las venas.
Devolví mi pie a su antigua posición para empezar a bajar de allí, no podía hacerlo, no podía tomar el último paso.
Rectifiqué, no darlo significaría que los 24 anteriores no habían tenido importancia.
Mientras alzaba mi pierna de nuevo gritos de tensión empezaron a huír de mi garganta, pero mi bota, finalmente, tomó la cima, levanté el pie derecho para que la secundase y mi cuerpo conquistó la cúspide.

Estaba allí, erguido sobre una circunferencia de 30 centímetros, veía las montañas nevadas y la soledad que recorre el paisaje islandés.

.................

Había decidido marchárme de mi país un mes antes, sentía una extraña infelicidad en mi interior a pesar de tener todo a lo que una persona de clase media podía aspirar.

¿Cómo iba a hacerlo?, había tres cuestiones que me ataban a mi ciudad con una fuerza incontestable, sería una locura enfrentarse a ellas.

En el último momentó desistí...

Llegué a mi casa esa noche y me tumbé en la cama, estaba vestido, ni siquiera cubrí mi cuerpo con las mantas.

Sentí mi pecho pesando una tonelada pero al mismo tiempo como si nada hubiese en su interior, nada excepto ese vacío que provoca náuseas.
A las cinco de la madrugada me incorporé y fui al baño, sentí el agrio sabor del vómito mientras lo escupía, llevaba más de 10 anyos sin llorar pero el cuerpo siempre encuentra caminos para mostrarte como se siente.

Con el amanecer me levanté y fui directamente al coche sin ducharme o cambiar de ropa, conduje hacia la oficina como una especie de piloto automático, sin saber lo que estaba haciendo, como guiado por las mismas costumbres de siempre.

Cuando acabó la jornada decidí ir a unos grandes almacenes, saqué mi tarjeta de crédito y me fui directamente al departamento de juegos e informática.
Podía elegir una Playstation 3, una XBOX 360 o una Nintendo Wii, acabé decantándome por ésta última.
Me sentía feliz, la cargué en el coche y conduje a casa. Cuando empecé a jugar todo se disipó, no quedaba rastro de ese sentimiento, había durado 30 minutos.
Somos asnos caminando atraídos por una zanahoria, pero nunca podemos alcanzarla, porque nunca se puede ser feliz teniendo objetos.

Somos animales haciendo horas extras para comprar cosas que no necesitamos.
Lo se porque Tyler Durden lo sabe.

Podría tratar de engañarme a mi mismo, podría vivir como la mujer que se casa con un hombre al que no ama, solo por su dinero, presumir con las amigas de lo que tiene y lo que hace, pero al llegar la noche , al meterme en la cama, sabría que soy una puta.

Al día siguiente compré mi billete de avión.

Solo de ida.