Un año

La madrugada del 27 de febrero del año 2008 aterricé en el aeropuerto de Keflavík.
Nadie me esperaba, me quedé junto a la maleta viendo pasar a todos mis compañeros de vuelo, algunos recibidos por familiares, otros perdiéndose en el autobús que se dirigía a la capital.

No hubo sonrisas, nadie me estrechó la mano ni ninguna mujer corrió hacia mi para abrazarme.

Solo el frío de la noche y la adrenalina en mi corazón, ese pálpito que te hace sentir vivo mientras dejas atrás tu casa y tu vida, mientras dejas atrás, en cierta forma, una parte de tí.

Ha pasado un año de eso, del intentar dormir en un hostal cercano al aeropuerto, del caminar por primera vez sobre las calles de Reykjavík mirando a mi alrededor fascinado, del tomar asiento en Kaffi Cultura sin saber qué hacer o a donde ir, del alimentarme a base de barras de cereales para no gastar en exceso.

Un año. Si la vida se midiese en tiempo se trataría de 365 días más, pero no lo son.

Un minuto de tedio no es igual a un minuto con el vello erizado, un "te quiero" de Lidl no equivale a la exitación que genera lo desconocido, al poder contar historias que muchos otros creerían que no son ciertas, al convertir tu vida en algo más que una repetición de la de tus padres.

La vida debe medirse por su impronta.


Sentar la cabeza

"No me quiero meter en tu vida pero, en mi opinión, te has ido al extranjero varios años tarde" dice Augusto modulando la voz "si lo hubieses hecho a los 20 o 21 estarías harto de ese tipo de vida antes de los 30 pero ahora vas a tener que tomar una decisión muy importante, si continúas viviendo fuera llegará un día en que volver será mucho más duro que quedarse"

No puedo contradecir sus argumentos porque tienen una gran carga de sentido común respaldándolos, al fin y al cabo Augusto es el más inteligente de mis amigos.


"Es cierto" respondo.


Continuamos charlando, a diferencia de mí, él se ha labrado una carrera.


"No sé Dashiell, supongo que a cada persona le llega la hora de sentar la cabeza, espero que seas tú el que lo decida en lugar de la edad por ti..."

Todos los expatriados deben enfrentarse a esa elección vital.

¿Quedarse, volver?

¿Qué ocurre cuando aquello que te vincula a tu infancia y a tu pasado se convierte en escombros?

¿Qué ocurre cuando te sientes en casa en ese lugar donde solo eres un inmigrante?

¿Qué ocurre cuando a pesar de ser nativo en la lengua de los que te rodean ya no entiendes sus comentarios y motivaciones?

La vida a tu alrededor se ha congelado, todos siguen con su día a día y al mismo tiempo tú no has sido partícipe de los pequeños cambios, estás fuera, eres ese actor secundario que desaparece de escena, aquel loco que conocieron en su juventud y del que a veces murmuran, aquel hijo al que sus padres querrían llevar por la buena senda.

Camino con Rafael y su novia, ellos hablan cariñosamente sobre los detalles de su cotidianidad, yo permanezco en silencio, solo miro el asfalto de la calle vacía.
"Dashiell, pareces desilusionado"
No contesto.
Solo eres un extranjero, diga lo que diga tu pasaporte.

Estás rebañando tu juventud de un plato en el que ya no queda apenas sustancia, no quieres ser como esos tipos siniestros de barriga mojada que deambulan por los bares vampirizando conversaciones o intentando ligar con quinceañeras.

Pero no ha llegado el momento.

No quiero devolver la pistola y la placa.

Aun no.

La riqueza de España

La identidad tiene dos partes, la primera es la imagen que los demás se forman de uno mismo, la segunda la que el propio individuo perfila de él.

Ambas se retroalimentan e influyen, mostrar que se carece de autoestima hace que el resto del grupo te catalogue como inseguro y, al mismo tiempo, ser humillado por éste provoca que el amor propio desaparezca.

Esa misma dinámica puede aplicarse a los colectivos.

España, como conjunto de ciudadanos, es uno de ellos.

Siglos XVI y XVII, la época donde el país alcanza la hegemonía militar y se afianza como una de las mayores potencias del mundo coincide con la del mayor nivel de autoestima.

Es una nación respetada, temida.

El odio siempre es más beneficioso para la identidad que el desprecio, cualquier enamorado moriría por volver con la persona que le hirió pero ni siquiera valora la posibilidad de acceder a las peticiones de alguien a quién no respeta....... independientemente del cuidado con que le trate.
Caminar por Burundi o Afganistán es un ejercicio de funambulismo, hacerlo por España es un regate constante entre bloques de apartamentos a medio construir, como sí enormes raspas de sardina colgasen del cielo.

Esos esqueletos de ballena que tantos pinochos tragaron son el testamento de algo que se acaba: la bonanza del país.

En un contexto donde el tejido industrial se destruye a un ritmo vertiginoso y la construcción camina hacia el abismo solo queda apagar la luz y decir la verdad.

Y la verdad es:

"Ustedes, lo crean o no, son un país extremadamente rico, ustedes pueden permitirse que sus hijos estudien hasta los 30, ustedes pueden cenar dos veces por semana en un restaurante, ustedes tienen televisiones de plasma, nintendos, coches nuevos y cualquier cachibache que deseen, ustedes, por mucho que se quejen, han vendido solares a precios disparatados, ustedes pueden discutir, como revolucionarios de café, sobre la condición tercermundista de España sin tener ni puta idea de lo que hablan, ustedes pueden viajar a Noruega y gastar más que alemanes, franceses o italianos, ustedes pueden tener una sanidad de calidad excelente, ustedes pueden negarse a trabajar de X si X no les parece que está relacionado con sus estudios.

Es decir, ustedes que no creen que son ricos, lo son jodidamente.

La mala noticia es que van a dejar de serlo"

España ha ido perdiendo competitividad año tras año con lo que, tradicionalmente, el grueso de la mano de obra se refugiaba en los sectores protegidos, es decir, en aquellos a los que los productos del resto de países eran incapaces de acceder para competir en calidad y/o precio con los locales, en otras palabras: construcción y servicios dado que ni taiwaneses ni germanos podían enviar casas por correo.

Ahora llega el momento de ajustar la economía, a corto plazo solo hay tres formas de recuperar la competitividad, las dos primeras, colocar aranceles y devaluar la moneda son imposibles puesto que el país es un miembro de la Unión Europea, la tercera será tomada no cuando deba ejecutarse si no cuando no haya otra alternativa para mantener la ilusión rodando, la gran mentira.

Bajar los sueldos.

Obviamente un partido en el poder de ideología socialdemocrata no se atreverá a hacer lo que ha de hacerse si ello contraviene sus bases identitarias, prefiere subirle el sueldo a los funcionarios un 3'8% cuando lo justo es que permaneciese congelado o bajase en la medida que decrece el PIB, al fin y al cabo España es su empresa y son los únicos que, además, están protegidos contra el desempleo.

Islandia se vió empujada a ejecutar la alternativa, decirle a sus ciudadanos:

"Señores, su dinero vale ahora el 50%"

La mentalidad arraigada en España, esa que concibe la riqueza de un país como algo fijo, es decir, como una tarta de un tamaño X donde los empresarios reparten los trozos siguiendo su buena voluntad, haciendo depender los sueldos, por tanto, de ésta va a generar una presión terrible para que los salarios no se reduzcan ni se flexibilice el mercado.

Solo cuando el desempleo alcance dígitos imposibles de asimilar se ejecutarán las medidas adecuadas, las que pueden solucionar el problema de la competitividad: reducir los sueldos.

Cada país y cada individuo están amordazados por la imagen que tienen de si mismos.

El viaje de regreso

Caras ojerosas, manos apoyadas en las sienes.

Pupilas llenas de desconfianza y tedio.

Intento dormir sobre cuatro sillas en el aeropuerto de Heathrow, a mi alrededor se acumulan judíos ortodoxos, estudiantes suecos y paquistaníes con mochilas ajadas, todos tratan de matar el tiempo hasta que los vuelos se reestablezcan.

Hay algo gris e infernal en el transporte de masas.

Tras 17 horas de retraso consigo embarcar en un avión de Iberia hacia Madrid.

"Parece que ha sido una tormenta terrible" dice la chica sentada a mi izquierda.

"Sí" contesto

"En Londres el tiempo es espantoso" añade.

Su acento es australiano o neozelandés y muestra una pertinaz obstinación en mantener la típica charla superficial anglosajona.

"He viajado mucho y esta es una de las ciudades menos luminosas que existe, ¿no crees?"

"Estoy cansado y tu conversación me aburre" contesto.

"Perdóname" dice ella mientras busco en el bolsillo los auriculares de mi reproductor MP3.

La música de Circodelia se convierte en el único sonido que mi mente escucha, algo así como haber sustituído a los sopiríferos comentaristas de televisión española por la chispa incendiaria de la radio mientras se continua viendo el partido.

El viaje prosigue: Barajas se convierte en camino hecho, de allí a la estación de tren utilizando un metropolitano con las tripas llenas de inmigrantes, quinceañeros y turistas.

"El transporte público es para fracasados" reza un axioma estadounidense no escrito.
Compro en la taquilla el billete y me dirijo hacia la puerta de embarque.

"Perdona, son solo tres minutos ¿te importa si te hago una encuesta?"

"Sí" contesto manteniendo la vista al frente.

Treinta segundos después aparece otra chica, me sorprende su arrojo.

"Disculpa, no me pegues, ¿Puedo hacerte unas preguntas para un estudio?"
"Sí"

"¿En qué trabajas?"

"Soy cartero"

Me mira, la forma en la que visto no le parece coherente con mi profesión.

"¿Desempeñas tu labor en Madrid, en Alcalá de Henares, Getafe...?"

"En Islandia"

"¿En Islandia?...ya....seguro, eres cartero en Islandia, bueno, perdona por molestarte, adiós"

"Bless bless"

......

Aeropuertos, vuelos, conexiones, paneles, retrasos, maletas....lluvia...

Tiempo perdido, ¿Cuánto acumula el hombre?, ¿En qué queda la vida tras quitar los huesos y las sobras, el agua y la escarcha?