Ser especial

todo el mundo se cree especial Cada persona se considera especial, diferente, única entre todos, sin embargo la mayoría actúan de acuerdo a los mismos patrones de comportamiento.

Pasé cerca de Jean y le indiqué con la mano que iba fuera, él apenas pestañeó, toda su atención y energías se concentraban en la islandesa con la que hablaba.

Salí por la puerta trasera del English bar y me senté sobre el césped de Austusvöllur.

17 grados, tal vez la noche más calurosa que había vivido en Islandia, una de esas noches de verano en las que el cerebro se niega a aceptar que no es de día.

Jean salió por la misma puerta que yo y se sentó a mi lado mientras encendía un cigarrillo y lo mordisqueaba nerviosamente.

"Ha sido rápido" dije tocando la hierba.

"Sí, como casi todo lo malo..." el francés hizo una pausa para tragar la primera bocanada de humo y luego escupirla "hemos estado hablando un rato, le he preguntado si podía besarla y me ha dicho que no"

Escondí la risa entre los labios aunque un sutil movimiento arqueó las comisuras.

"Alain preguntaba lo mismo a las chicas" dije mientras los músculos de mi boca volvían a secuestrar las emociones.

"¿Y le fue mejor que a mí?"

"No. Nunca se debe preguntar a una mujer si puedes besarla"

Hay cosas que jamás se olvidan, el primer contacto de la carne de tus labios contra los de una mujer es una de ellas, esa combustión que incendia la lengua y trasmite las llamas hasta los dedos.

Empecé a recordar como fue el mío.

Iba a cumplir 22 años y nunca había besado a una chica, ni siquiera podía hablar con ellas a solas, solo disfrazar el interés con la extrema frialdad, a veces sin ni siquiera responder a los saludos o las preguntas, granjeándome fama de huraño y cascarrabias.

Cada persona guarda un universo dentro de sí.

Empecé a notar como una de las chicas que siempre se sentaba cerca del profesor, dirigía sus ojos hacia mí sin razón aparente durante las pausas, no de manera furtiva ni insegura, lo hacía buscando expresamente que me diese cuenta.

Era pelirroja y tenía la clase de mirada que poseen las personas con un alto nivel de seguridad en si mismos.

A pesar de haber colgado una hoja en el tablón para que los estudiantes que quisieran acudir a una cena de clase escribiesen sus nombres, ella se acercó directamente a mí y sin aparentar desconocer mi nombre me preguntó directamente si iba a acudir.

"Sí, voy a hacerlo"

El día de la cena no le presté atención mientras comíamos, me dediqué a escuchar a los demás y a beber esa sangre de los cobardes que es el vino tinto barato.

Al salir del restaurante muchos decidieron marchar a sus casas, otros al centro.

"Chicos, yo me marcho, mañana tengo que levantarme pronto" dijo ella.

Ni siquiera esperó a que alguien la acompañase y se marchó sola.

Sabía que ese era el momento, me despedí a la francesa y aceleré el pasó hasta colocarme a su altura, al adelantarla miré atrás y aparenté reconocerla.

"Hey, ¿también vas en esta dirección?" exclamé.

"Sí, vivo cerca, a diez minutos de aquí"

"Ah, entonces podemos caminar juntos" dije sonriendo.

Charlamos sobre temas anodinos de clase y noté como su interés por mi iba descendiendo cada vez más, no dar un paso adelante con una chica en el momento que ella lo espera es retroceder kilómetros.

En un alarde de heroicidad y al pasar cerca de una avenida llena de bancos le sugerí que nos sentásemos, un comentario brillante me hizo recuperar el crédito suficiente como para que aceptara.
La conversación fue buena, dinero en el banco, pero tras agotar todos los trucos que el instinto ofrece había poco que añadir, solo actuar dado que las últimas palabras que nos cruzábamos como francotiradores solo eran onomatopeyas, impases e interjecciones que buscaban llenar los huecos que la tensión antes de la batalla genera.

"Ah y es que él siempre hace lo mismo."

"Ya.... jaja"

"Si, sí..."

"Claro, es eso..."

Tras esas frases estúpidas nos quedamos callados, mirándonos.

5 segundos, 5 segundos que parecen cinco años.

Cinco segundos donde se sabe que no tener la seguridad suficiente para dar el paso va a hacer que pierdas toda la credibilidad y que te maldigas a ti mismo al llegar a casa solo y borracho.

La miré de nuevo y abrí un poco los labios.

"¿Puedo... puedo besarte?"

Sentí como las palabras flotaban en el aire dirigiéndose a cámara lenta hacia sus oídos.

De inmediato me arrepentí de la decisión, me hubiese gustado alcanzarlas para meterlas de nuevo en la cárcel de la boca.

"¿Puedo besarte?" era un preso que debía estar sentenciado a cadena perpetua, pero una vez excarcelado caminaba a buen paso hacía esos oídos contiguos.

Me sentí como un jugador de baloncesto que lanza un triple a falta de un segundo y ve la pelota volar hacia canasta en una trayectoria errónea.

Ella me miró fijamente sin decir nada hasta que de repente empezó a hacerlo.

"No se debe preguntar a una chica si puedes besarla..." dijo con voz firme "has de tener el valor para dar el paso, si ella te correspondé te lo devolverá, si no recibirás una bofetada"

La miré como un Tedax a una bomba.

Cable rojo, cable azul, cuatro segundos en el temporizador.

Rojo, azul.

3.

2.

1.

Acerqué los alicates de mis labios hacia el cable rojo de los suyos y la besé.

La besé sintiendo el calor de su cuerpo contra el mío, del mío contra su piel.

La besé.

La besé hasta que la deflagración de una mano hizo volar por los aires mi cara.

El impacto me hizo mirarla sin poder ocultar la expresión de sorpresa que crea el enfrentarse a algo verdaderamente inesperado.

Me hizo, por primera vez en mi vida, no saber que decir o hacer.

Ella sonrió.

Sonrió a la vez que acercaba su boca de nuevo.