La demagogia es el arte de mantenerse en el poder realizando concesiones populistas que satisfagan los deseos, frecuentemente equivocados, de una parte de la población aún a riesgo de dañar a todo el conjunto.Es el DNI de los débiles de carácter y los aspirantes a dictadores que carecen de la valentía para enfrentarse a un reto sin amañar el combate, es el dispendio de recursos para rodearse de una cohorte de pinochos aduladores que nunca señalen la desnudez del rey.
Pero la adhesión comprada con dinero solo es un alquiler... un alquiler que tratándose de gobernantes mesiánicos dura tanto como puedan hacerlo 30 monedas de plata...tal vez por ello Machiavelli afirmó que una vez se regala una concesión a un grupo de personas, tras un escaso periodo de tiempo, todos ellos pasan a pensar que se trata de un derecho.
Es en ese punto, en esa línea, donde lo que se cede ha de ser cada vez mayor dado que lo previo se ha incorporado ya al conjunto de lo irrenunciable.
La demagogia es la enfermedad de Sudamérica y la patología crónica de Argentina, es el gastar 110 millones del tesoro público en comprar los derechos de la liga para emitirlos por televisión en abierto, es tener a más de un 50 por cien de los trabajadores viviendo de la administración.
Leo las ediciones electrónicas de los periódicos españoles.
El presidente del gobierno analiza su plan de choque contra la crisis, un conjunto de medidas destinadas a invertir en infraestructuras con un montante total de dinero inyectado que asciende a 8.000 millones de euros....
8.000 millones de adrenalina al corazón de una Uma Thurman moribunda.
Pero cuando se paga un recibo de ese calibre se espera que la droga sea pura no un sucedáneo oriental consistente en agua y bicarbonato.
Se esperan autopistas, mejoras en aeropuertos y ferrocarriles, una renovación del sector de la energía , se espera acabar con las fugas de dinero hacia subvenciones inútiles a la agricultura, se espera flexibilizar el mercado de trabajo y que las cajas de ahorros dejen de ser el cementerio de elefantes en el que los viejos políticos vayan a ganarse su último gran sueldo.
Todo ello, purgante, del efectivo, del que hace vomitar hasta la primera cerveza, del que los niños apartan la cara y al que le cierran la boca.
Todo ello es lo simple, lo que todo el mundo sabe, lo que debe hacerse, pero el jefe del gobierno en vez de pasar la noche trabajando las matemáticas con su hijo prefiere comprarle un nokia n96, prefiere subirle el sueldo a los funcionarios un 3%, dilapidar 400 euros en deducciones, pactar una financiación más ventajosa para ciertas Comunidades y construir un plan de 8.000 millones de euros destinado a sustituir el hormigón pintado de rojo del carril bici por baldosas del mismo color.
Ningún carril bici hará más competitivo al país frente a China o Alemania.
Pero para construir una autopista o una nueva línea de tren para mercancías se necesita una planificación de año y medio, lamentablemente se había carecido de ella, es por eso que las ciudades se visten rápido cuando tienen prisa y por tanto lo hacen mal.
La demagogia, el arte de alquilar la voluntad de los ciudadanos para mantenerse en el poder aún a costa de hundir el futuro vía déficit, la demagogia, el educar de forma pésima a un hijo para que el padrastro tenga la labor titánica de reconducirlo a los 16.
El presidente, defendido por las doce tribus y la alquitara pensativa, ese Ovidio nasón más narizado, escoge levantar una casa de paja y tener en el tintero una de madera para enfrentarse a los bufidos de una crisis que pretende derribar la puerta.
No existe la voluntad para construir una vivienda de ladrillos en la que guarecerse, tal vez porque la mayoría de ellas están vacías.
Inicio




