Nietzsche

El avión aterrizó en Vantaa a las 18:33, dos minutos antes del horario marcado para el trayecto.

Los pasajeros fueron saliendo lentamente y en silencio, yo no me levanté hasta que el pasillo quedó despejado y pude caminar hasta la compuerta sin detenerme.

La parte irracional de mi cerebro se empeñaba en pilotar el rumbo de mi vida y aún así, de alguna extraña forma,  todo poseía sentido, un sentido que era incapaz de descifrar.

Pensé en ello mientras el autobús se dirigía a Helsinki atravesando frondosos bosques y barrios de la periferia.

Estaba de nuevo en marcha.

Estaba de nuevo en marcha sin saber qué me depararía el futuro.