La oscuridad de Riga


Debía estar ya muy lejos del centro antiguo pero seguí alejándome de él. Miré el reloj: casi medianoche.
Lo que en Vecriga eran catedrales majestuosas, restaurantes chic y plazas con música en vivo se convertía dos kilómetros más allá en tinieblas, silencio y herrumbre.
Casas destartaladas manteniéndose en pie a duras penas, bloques grises de estilo soviético, fábricas en abandono, aceras de superficie lunarizada...

Lo había visto en Vilnius, mujeres septuagenarias arrastrando pequeñas neveras con ruedas para vender helados por las esquinas. Mansiones de ladrillos llenas de cámaras de seguridad a dos calles de predios vacíos con mendigos borrachos.

"Cuando estés en Letonia presta mucha atención porque estarás viajando al futuro de España"

Recordé esa frase al ver un gran BMW aparcado en un jardín impoluto.

Seguí andando hasta llegar a un cruce, no había nadie, todo parecía abandonado y muerto. Me senté en la acera y saqué una lata grande del maletín, me la bebí con tres sorbos y la aplasté sobre el bordillo.